Llegar hasta el Cerro fue para mí una aventura. Más allá del zumbido característico martirizando los oídos por la altitud y la escalada extrema, en la que solo divisaba frente al parabrisas de la camioneta, el terraplén empinado, me sorprendió el silencio y la soledad de unas pocas casas que se divisaban como minúsculos puntos de colores tristes, entre el verde y el ocre de las montañas.
Sin embargo, con una rapidez inexplicable, corrió la buena nueva: habían llegado los médicos y la maestra para el desarrollo de la anunciada jornada comunitaria de intermisiones.
Ya habían pasado aquellos primeros momentos de incredulidad para muchos, en que un Chávez cargado de sueños que parecían utopías, prometía a los más necesitados dos de los bienes más preciados, la salud y la educación, pues en el año 2014 eran una certeza.
Decenas de habitantes del preterido paraje desfilaban confiados con los ojos preñados de amor y agradecimiento, portadores de padecimientos físicos limitantes, diabetes, ataxias, ceguera total o parcial, condiciones de salud agravada por la falta de atención regular.
Con la a sonrisa tímida en los rostros surcados por los años y la miseria por siglos de omisión por parte de gobiernos, a quienes poco le importaba ni su presente ni su futuro, los habitantes de la zona alta del municipio Ospino, en el central estado de Portuguesa, no renunciaban a los sueños y solicitaban el regalo del gobierno bolivariano, del presidente Chávez, de matricular en la Misión Robinson y aprender a leer y escribir.
Allí en medio de experiencias nuevas y aleccionadoras, sentí el orgullo inigualable de ser cubana, de pertenecer a un país pequeño, asediado por huracanes y odios imperialistas pero con el coraje suficiente para labrar su propio destino, con logros con los que otras naciones no se atreven ni a soñar y con valores como la solidaridad, el altruismo y el internacionalismo, tan hermosos que logran conmover al mundo. (LHS)


