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Desde pequeña mis padres y los maestros en la escuela me enseñaron que es deber, de cada ciudadano, cuidar la propiedad pública y social.

No obstante, la falta del sentimiento de pertenencia colectiva, como identificación de aquello que es fruto del esfuerzo conjunto, lleva a muchos por caminos de deshonestidad y egoísmo, a destruir lo que el pueblo trabajador construye, a apropiarse en beneficio personal de ello o permitir que otros lo hagan, algo que es aún peor.

Ejemplo de lo anterior es escribir en las paredes, tirar las puertas, rayar sillas y mesas, maltratar libros, bancos, baños, ómnibus u otros objetos creados con fin público, refleja, ante todo, mala educación y baja sensibilidad ante el esfuerzo para garantizar el bien común.

También es imperdonable permitir que en hospitales, policlínicos, consultorios médicos, escuelas y parques, aparezcan visibles señales de descuido, suciedad o de hurtos, incluso al poco tiempo de restaurados, en especial cuando saben que son resultado de un alto costo tanto desde el punto de vista de la inversión, como de los equipamientos.

Eso pasa por el tema de la inadecuada formación de valores en la sociedad, pues coexisten personas inescrupulosas, quienes consideran ajenos a la salvaguarda de esas áreas de servicio, pero además es fruto de la falta de exigencia y supervisión, incluso, de ejemplo, por parte del personal laboral de las instalaciones, quienes deberían ser los primeros en velar por su cuidado y pulcritud.

El Código Penal, en su acápite Delitos contra la Seguridad Colectiva, explica bien que quien siendo capaz de producir grandes estragos, ponga en peligro la vida de las personas o la existencia de bienes de considerable valor, incurre en sanción de privación de libertad de dos a cinco años.

Por eso el cuidado de la propiedad pública y social es deber de todos. (LHS)

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Categoría: Crónicas, reportajes y entrevistas
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