Mayabeque, Cuba: Tiempo atrás tomé una de las decisiones más drásticas de mi vida: deshacerme de la mayor parte de mi biblioteca.

Los libros comenzaron a acumularse poco a poco en el fondo de un viejo escaparte de cedro, rebosaron cajas, anaqueles, closets, tirados al descuido sobre sillas, mesas, butacones, alimentando el estornudo, el polvo y el reguero.

Hasta el día en que Zaida parqueó el camión frente a la casa y se los llevó para formar con ellos una mini biblioteca en la zona rural de Río Seco.

Vi salir, junto a otras, las viejas colecciones de Huracán con todo Balzac, Víctor Hugo, Pérez Galdós, Stendhal, Allan Poe, Conan Doyle…

Huracán fue uno de los sellos editoriales más famosos de Cuba. Leer los ejemplares de su vasto catálogo era como participar en una acción plástica posmoderna pues, mientras avanzabas, las páginas de fino papel gaceta se desprendían una a una y al final el libro quedaba totalmente destruido.

A este hecho siempre le otorgué una señal mística, la consumación de un acto extenuante, la inmolación del objeto para trascender definitivamente en el alma ajena. Pero en el fondo se trataba solo de la calidad del empalme.

No se podía pedir más, los “huracanes” eran muy baratos y por escasos centavos comprabas valiosas colecciones. De entonces recuerdo con especial cariño a Chencha y Nora Oriol, las vendedoras de la pequeña librería de Los Palos, mi pueblo natal.

En aquel rinconcito, atestado hasta el techo, pasé los mejores ratos de mi infancia. Nora  fue de las primeras personas que orientó mis lecturas. Cuando llegaba, ella siempre me tenía separado un libro nuevo.

Tendría unos once años, me interesaban, vaya usted a saber por qué, las historias de la Segunda Guerra Mundial, y también “bebía” los Agatha Christie, muy de moda entonces  en la isla.

Mi madre suele narrar con gracia cómo,  después de reunir unos pocos centavos, envió a mi hermano mayor a buscar algo de comer para el almuerzo.

Cuando el muchacho regresa a la casa le preguntan qué había comprado y cabizbajo mostró el bulto de libros, las últimas novedades recomendadas con denuedo por Chencha y Nora, hábiles comerciantes de literatura.

Al concluir mis estudios universitarios en La Habana, después de cinco años, los libros acumulados desbordaban lo esperado. Los despaché por tren y arribaron una mañana a la estación del pueblo, entre las protestas de los estibadores que nunca habían recibido un cargamento tan pesado.

 “¿Estos son libros o bloques, socio?” me dijo, medio enojado, uno de ellos, incrédulo ante el contenido de aquellos bultos, cuyo peso traté en vano de enmascarar tras la sutileza de la palabra escrita con tinta roja sobre los inmensos paquetes: “Libros”.

Dice Borges que ordenar una biblioteca es de cierto modo ejercer la crítica y aunque no lo parezca en esta criba no hay ingenuidades.

Algunos amigos, con gustos algo rígidos, suelen preterir ciertos autores, según ellos para no “desclasarse”. Pero yo nunca he tenido complejos, en ese aspecto soy hedonista, leo lo que me gusta, sin reparar en nombres encumbrados, ni clásicos, modas o tendencias.

El escritor mexicano Juan Villoro cuenta en una de sus crónicas que pocas veces un bibliófilo sucumbe al repentino deseo de deshacerse de lo que ha reunido con tanto afán. Es un gesto de renuncia difícil de entender, porque “una biblioteca narra la vida de una mente”.

Por eso, el día que Zaida parqueó el camión frente a la casa y se llevó mis libros, escalera abajo, rumbo a Rio Seco, para fundar allí una biblioteca comunitaria, hice un nudo con la nostalgia, la arrugué todo lo que pude entre las manos y viré la cara, contenido, como cuando se hace inevitable dejar que alguien muy querido parta para siempre. (YDG)

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