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“…en Catalina me encontré lo no pensado…”

 

Al mediodía Catalina de Güines semeja un sitio olvidado y desierto, solo alterado por el ruido intermitente de la carretera central. Las casas, alineadas al borde de la vía, muestran sus fachadas eclécticas, entre la insolación y el polvo.

Nada parece delatar la fama de esta localidad de la actual provincia de Mayabeque, a unos 50 kilómetros de La Habana, desde que un vendedor ambulante de fiambres y un sonero la ubicaran en el epicentro de la leyenda.

Hay quien dice que Catalina es un pueblo de una sola calle. La vida del lugar sin dudas cambió radicalmente cuando la construcción de la carretera central permitió prosperidad a los pequeños comerciantes y visualizó el sitio nacionalmente.

A una orilla de esta importante ruta está aún, casi idéntico a cuando surgió en la década de los 50 del pasado siglo, el centro gastronómico El Congo (restaurante y cafetería), que en su tiempo revolucionó los conceptos arquitectónicos establecidos para instalaciones de su tipo y lleva el nombre de un famoso vendedor de butifarras: Guillermo Armenteros. 

Armenteros era conocido con el mote de Congo, un negro bonachón, de alma caritativa y mucho talento para el negocio. Pero su trabajo trascendió  por  las butifarras, plato que supo hacer  con una gracia tan particular, que no pudo repetirse de la misma manera después de su fallecimiento.

El Congo empezó con un quiosquito y fue progresando hasta hacer una pequeña fortuna, aprovechada por  sus descendientes  para construir posteriormente el restaurante al aire libre por el cual han pasado figuras destacadas de la política y la cultura.

Tenía fama de gente afable, solidaria, compartidora. Según recuerdan los vecinos acostumbraba a ayudar a las familias sin recursos, les compraba medicinas a los pobres y esa actitud le ganó el cariño de todos. De vestir impecable,  usaba siempre guayabera y dentro de los bolsillos tenía caramelos que  iba repartiendo a los niños por el camino.

En su timbiriche, en una céntrica esquina de Catalina, vendía las butifarras, un plato popular, elaborado a base de carnes, que pronto se ganó la aceptación de los pasajeros que circulaban de uno a otro lado del país por la carretera central.

Cuentan que un día, por azar, el sonero cubano Ignacio Piñeiro conoció al Congo y probó además sus butifarras. De este encuentro surgió la idea de hacer un son que le ha dado la vuelta al mundo con su estribillo pegajoso, Échale salsita…

Fue en 1933, cuando  Piñeiro amenizó un baile en Catalina y descubrió al Congo, que pregonaba y vendía sus butifarras. Parte de la gracia del alimento estaba en la salsa, sazonada con misteriosos condimentos que el popular cocinero jamás reveló y es hoy por hoy uno de los secretos más herméticos de la zona. El gran sonero cayó rendido ante el embrujo de aquel aderezo y lo plasmó después en la partitura.

Ismael Sánchez, investigador de Catalina de Güines, hurgó en esta historia: “eso fue algo sorprendente”, dice, “Catalina salió del anonimato con aquella canción”.

Cuatro años más tarde, cuando  Échale salsita era ya un son muy conocido y bailado en toda Cuba,  Ignacio Piñeiro regresa a Catalina y lo  interpreta con su conjunto en el mismo escenario que lo inspirara.

Cuando era un muchacho, Víctor Trujillo, vendió butifarras “el plato más famoso del restaurante El Congo, incluso antes de hacerse conocido el son. Una butifarra costaba diez centavos”,  rememora Víctor, “y  si el cliente la pedía se le echaba salsa.”

¿Qué ha hecho perdurar la figura pintoresca de un vendedor ambulante como el Congo? Para la escritora Marlene Rodríguez, más allá de la leyenda, hay esencias que lo perpetuaron en la memoria colectiva “el Congo fue, sobre todo, un hombre bueno y esa forma de llegar al pueblo lo ha hecho trascender.”

“Dicen que hubo un secreto que nunca reveló, sobre cómo hacer la butifarra”, comenta Marlén, “tal vez lo hubo, pero el verdadero secreto estaba en la magia de las manos de este artista cocinero y en su empeño en hacer un plato genuino, típico, que pegó en el pueblo, y esto fue algo que quedó en el alma de los habitantes de Catalina.”

Los azares del destino han puesto varias veces en el centro de coyunturas históricas trascendentes a Catalina de Güines, una de ellas tiene que ver, sin dudas,  con la figura de aquel negro amistoso, descendiente de esclavos, que pregonaba con una gracia especial sus butifarras, cantadas después por Ignacio Piñeiro en un son que inmortalizó la leyenda.

 

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Categoría: Gente de mi pueblo
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