Hace unos días me enteré del fallecimiento a los 94 años de edad de Alicia Martínez Lage, la última partera de Güines. Con ella finalizó una estirpe de “mujeres ángeles” presentes durante muchos años en ese instante delicado entre la vida y la muerte que es un alumbramiento.

“Cualquier cosa puede presentarse”, me comentó en su casa, situada justo en la esquina de Alvarez y Medio, en la zona antigua del pueblo, “un parto es impredecible y yo presencié más de uno en que la situación se puso bien fea”.

A Alicia la conocí décadas atrás por azar y no pude contener el deseo de saber más de la vida de aquella negra bajita de ojos inquietos, vestido impecable y peluca, “antes me ponía una peluca preciosa, pero a los 90, qué te puedo decir, ¿saldré bien en la foto?”.

Poco después la invité al programa “Gente de mi pueblo” y entre preguntas traté de penetrar en el rompecabezas de su vida, repleta de  batallas no siempre victoriosas.

“De mi madre heredé este oficio, ella también fue comadrona y yo seguí sus pasos. Tengo dos hijos, uno de ellos con problemas siquiátricos”, me cuenta, “pero siempre tuve un detalle bonito con la humanidad y la gente me reconoce por ahí y me saluda con cariño”.

Durante la primera parte del pasado siglo las comadronas eran personajes populares en Güines, auxiliaban el trabajo de las llamadas Casas de Socorro y prestaban sus servicios a domicilio.

Con Alicia se cerró esa época, después de dos décadas de ejercicio ambulante, en los años sesentas se hace enfermera y labora cuatro décadas  de manera continua en el Hospital Materno Infantil del municipio, donde aún la recuerdan con cariño. “Me iban a buscar a la casa a cualquier hora, la gente tenía confianza en mí, me pedían de favor que estuviera presente en los partos”.

“Cierta vez, contó vehemente,  yo estaba en la terminal de ómnibus, y se me acerca una señora y me dice ¿usted es Alicia, la comadrona? Y yo le respondo que sí. Entonces ella me dijo: hace muchos años, cuando estaba de parto, el médico que me asistió le ordenó que desechara la criatura, que no iba a sobrevivir y usted se opuso, le hizo ejercicios de reanimación al niño, y ese es el único hijo que he tenido. Y entonces llamó al muchacho, que ya era un hombrón, y le dijo, besa a esta mujer que te salvó la vida. Ellos viven en El Pilar, un batey de San Nicolás”.

La volví a ver varias veces después de aquel primer encuentro, sobre todo en su casa, en que era obligatorio tomar café y hacer después un breve recorrido por el patio, estrecho y húmedo, donde cada planta tenía un poder y la siempreviva era la más recomendada.

Según cuentan, abandonó este mundo tranquila, como quien sale apurada a los mandados pero sabe que retornará  a las mismas calles, los mismos portales y dirá los mismos adioses acodada en la ventana, una y otra vez y para siempre. 

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