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Villa Clara_ En la biografía de Abel Santamaría Cuadrado debe aparecer, ineludiblemente, ese pasaje revelador de lo que vendría después; contado, con sano orgullo, por su madre Joaquina. 

El adolescente Abel llegó un día contento a su casa porque había ganado, con una inspirada composición, un concurso sobre el Apóstol José Martí.

Años después su madre reveló el íntimo y breve diálogo: «Mira, mamá, gané esto, mira. Me enseñó el diploma que se denominaba Los Tres Reyes de la Patria, que daba el Ministerio de Educación. ¡Ay, Abelito, pensaba que te iban a dar una beca! Entonces él me dijo: “No importa, mamá, gané esto por escribir sobre Martí…”». Y estas últimas palabras, dichas en plena infancia, revelaron que ya latía en sus venas la estirpe martiana.

La invocación de Joaquina a la beca refleja el pesar de la familia por no poder costearle los estudios tras concluir el sexto grado, hecho que en vez de desalentarlo, sin dudas le permitió ganar conciencia sobre los males de la época.

Aquel rubiecito

Abel, el tercer hijo del matrimonio de Benigno Santamaría Pérez y Joaquina Cuadrado Alonso, nació en Encrucijada el 20 octubre de 1927, día en el que por primera vez se cantó en 1868 el Himno de Bayamo. Feliz coincidencia esta, pues, lo que vino al mundo resultó un verdadero patriota.

Tras su nacimiento, en los primeros años de vida, la familia se mudó para el central azucarero Constancia, que hoy lleva su nombre, donde el padre trabajaba como jefe del taller de carpintería.

Ahora, mientras uno transita por los lugares donde él estudió, trabajó, jugó pelota, bailó, se bañó en el río o flirteó con alguna muchacha, brotan más impactantes las remembranzas sobre cómo era en su niñez y juventud, que están atrapadas en los testimonios expuestos por familiares, maestros y amigos con quienes compartió conocimientos, juegos e inquietudes.

Su familia supo educarlo desde pequeño en el conocimiento de los valores éticos, y contó también con buenos maestros, un caudal que supo aprovechar, como muy pronto comenzó a reflejarse en su manera de actuar y pensar.

Sin pupitre

La insistencia por el conocimiento fue una cualidad que siempre acompañó al segundo jefe del ataque al Cuartel Moncada, como lo confirma esta anécdota: con seis años, le insistió de tal manera a su mamá para ingresar en la escuela, que esta tuvo que hablar con la maestra, pero no había matrícula.

Ante la insistencia de Joaquina, la maestra Matilde Borroto le ofreció un espacio en el piso, pues no alcanzaban los pupitres en el aula de primer grado. Fue entonces que en un gesto de desprendimiento su compañero de clases, Santiago Quincosio, compartió su asiento con él.

Su maestro de primaria, Eusebio Lima Recio, disfrutaba al contar que vio en aquel rubiecito, de ojos verdeazulados, a un niño bondadoso, inteligente y con madera de líder, que reaccionaba contra cualquier abuso y acto de injusticia.

Recuerda Lucila Lima, que su padre Eusebio le contaba que era también el último en salir del aula —principalmente los fines de semana—, para que su papá le indicara qué libro o qué lección de Martí leer. Él se refería a Abel también como muy respetuoso y bondadoso.

Esa empatía que surgió entre el maestro y el alumno terminó convirtiéndolos en grandes amigos. La última vez que el Héroe estuvo en Encrucijada fue en busca de su maestro de primaria. Hablaron mucho, en particular sobre la tiranía batistiana, y luego mi padre me comentó que estaba sorprendido por la madurez de Abel, mostrada en sus juicios sobre la dictadura, rememora Lucila.

De su fervor patriótico resulta muy revelador este testimonio de su hermana Haydée: «Desde pequeño surgieron en él inquietudes patrióticas y hablaba con mucho entusiasmo de José Martí y Antonio Maceo, tanto que en cuarto o quinto grado, a finales del curso decía: “¡Yo soy Maceo, yo soy Maceo, yo quiero interpretar a Maceo!”».

Nunca más se mete con nosotros

Su amigo de la infancia,  Antonio García Lorenzo, relató al historiador y periodista Narciso Fernández, que «a Abel, como a todos, le gustaba jugar pelota. Él pitcheaba algunas veces y, como siempre, entre nosotros había uno más malcriado que los demás, un guapetón. De esos que el out tenía que ser out porque sí.

«Ya me tiene más fastidiado este, me dijo un día Abel, ya verás cuando vuelva a decir out; y efectivamente se fueron a los puños. El otro estaba más fuerte y le dio un piñazo duro en la cara. “Perdiste”, le dije, y me respondió: “No, ya verás cómo nunca más se mete con nosotros”. Y así mismo fue».

De aquel rubiecito generoso, saltan aquí y allá las evocaciones que retratan de cuerpo entero esa cualidad suya: «Dale los mandados que él quiere y me lo descuentas de mi salario».

De esa manera reaccionó al presenciar que Casiano Luzarraga, el dueño de la tienda, se negaba a fiarle unos mandados hasta el día de su cobro a un humilde trabajador.

El carretero Martín Vergara Sarría nunca olvida aquellos tiempos aciagos en que velaba que no estuviera en la tienda el dueño para ir, porque Abel siempre le daba un anticipo.

Su gran encuentro con Fidel

En la escuelita pública del central Constancia descubrió a José Martí y se adentró en su savia; esas jornadas en las que conoció la miseria reflejada en el bohío sombrío y convivió con los más pobres, a quienes siempre estuvo dispuesto a ayudar.

Su estirpe proletaria se le empezó a enraizar en aquel ingenio, primero en su humilde puesto de mozo de limpieza, después de despachador de mercancía, hasta llegar a empleado de oficina.

El asesinato de Jesús Menéndez, el General de las cañas, a quien admiraba por sus luchas a favor de los trabajadores azucareros, lo indignó sobremanera, al extremo de que se brindó para vengar su muerte.

Un día de 1947 marchó a La Habana en busca de mejores horizontes económicos, cuando ya lo vivido a la altura de sus 20 años lo había convertido en un ferviente martiano de pensamiento y acción.

Luego vino aquel encuentro con su hermano Fidel, quien desde el primer momento supo aquilatar la grandeza y entereza de aquel joven en quien depositó toda su confianza.

Abel se entregó con tal ímpetu a la organización de la lucha contra la tiranía batistiana que el líder histórico de la Revolución lo llamó el alma del Movimiento que atacó el Cuartel Moncada el 26 de julio de 1953.

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Categoría: En la memoria
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