Carlos Manuel se llamó el primogénito del matrimonio entre Jesús MarÃa Céspedes y Luque, y Francisca de Borja López del Castillo. Era 18 de abril de 1819 en Bayamo, cuando llegó al mundo.
Los primeros cinco años fueron pintados de monte en la finca a la que se dirigió con su familia. Allà lo mimaba una esclava que llenó su infancia de historias y leyendas de campo. Pero regresaron a Bayamo, fue entonces que logró sus primeras letras enseñadas por una señora casi anciana.
Su inteligencia era visible en cada etapa, y en La Habana obtuvo el grado de Bachiller en Derecho durante el tercer mes del año 1838. Sus estudios pasaron también por Europa, de donde regresó en 1844.
Al volver, Céspedes no era ya el jovencito que poco dominaba la polÃtica y estaba ajeno a los intereses de su Patria. Los años pasaron formando en él una consciencia cada vez más independentista y fuerte, en septiembre de 1867 comenzó a conspirar desde Manzanillo junto a Fransisco Vicente Aguilera y Perucho Figueredo.
Un año después, aunque ya habÃa vivido 49 calendarios, Céspedes nació para la historia de Cuba. Fue el 10 de octubre de 1868, cuando desde su Finca: La Demajagua habló en nombre de la libertad de Cuba y abrió los caminos de una soberanÃa necesaria y no lo suficientemente defendida hasta entonces.
No cesó, firmó el Manifiesto del Diez de Octubre, documento recogido para los siglos en la historia en el que procuraba la abolición de la esclavitud, con el ejemplo oportuno de liberar a sus propios esclavos e invitarlos a las luchas o disfrutar a plenitud su vida sin ser explotados.
Fue el primer presidente de la República en Armas, arriesgado, temerario, firme. Cuando las tropas españolas hicieron prisionero a su hijo Oscar, Carlos Manuel no flaqueó, ni siquiera en el dolor de ver cerca la muerte de su hijo, y se proclamó desde entonces por más que basto derecho: Padre de todos los cubanos.
Céspedes dio la luz y puso el primer paso en un sendero tan difÃcil y largo, que solo concluyó hasta que Fidel nos hizo libres en enero de 1959, como dicen hoy consignas y carteles: de Céspedes a Fidel: una sola Revolución.
Su mano fue la primera en empuñar las armas que la libertad necesitaba. Él sabÃa que ese derecho grande no se conquistaba solo. Gracias a él por vez primera en Cuba, vio un esclavo su vida sin dueño y decidió por sus actos, se sintió como hombre.
Su rostro es el que se ve cuando miramos la raÃz de nuestra soberanÃa, porque ahà estuvo él, en las campanas que sonaron para que los hombres fuesen libres. (BSH)









