La noticia aún estaba fresca. Era sábado en la mañana y en la soledad de las calles de Quivicán se notaba el ambiente tenso. Las personas no decidieron salir, muchas para encerrarse en el dolor, otras marcharon a trabajar, y un grupo empezó con los honores.
Al pasar frente a un edificio multifamiliar, observé en el balcón de uno de ellos algo que me hizo sentir mucha tristeza. Una común imagen de Fidel Castro en un afiche con una bandera a su lado. Lo que en otro momento me hubiese parecido algo cotidiano y revolucionario, esta vez lo noté diferente.
Las vecinas, quizás atormentadas por la noticia, comentaban acerca del tema. Una casi en llanto consolaba a la otra de la misma manera y se abrazaban. Para mí fue una escena conmovedora, algo que no se olvida.
Durante mi labor periodística varias personas en la calle me daban su parecer de lo impactante de la noticia, y con qué se quedaban de las enseñanzas de Fidel. Incluso unos niños al ver lo que hacía, me llamaron para hablarme también.
Fue entonces que llegué a una escuela donde una maestra hacía su guardia. Me acerqué y le dije: “soy de Radio Mayabeque y me gustaría saber”, ella no me dejó terminar y comenzó a llorar. Sus lágrimas corrían por sus mejillas. Me conmocioné, ella intentó pero el nudo en su garganta no la dejó hablar. Tuve que desistir.
Así se nos fue Fidel. Quedamos con llanto, deseos de tenerlo más tiempo, añoranza, dolor… tantas sensaciones que serían innumerables.
Pero nos dejó mucho: su pensamiento y su estirpe de hombre revolucionario, nos quedamos con todo, lo queremos todo, porque de eso nos alimentaremos para ser mejores cubanos.


