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Solo una vez en mi vida estuve de frente al Cuartel Moncada. También visité sus áreas interiores y confieso que ante esos enormes muros, construidos como para hipnotizar a cualquiera, he tenido que reverenciar el coraje de aquellos muchachos, alentados por un elemental sentido de la justicia.

La mayoría rondaba los 20 años. Muy pocos tenían más de 30 —y eso también era tener la vida por delante.

Ahora es fácil contarlo, leer cómo ese suceso comenzó a cambiar las cosas. Pero haberlo vivido, elegir ser partícipes sin otra garantía que la muerte, solo es algo que regalan las circunstancias y la fibra más íntima de cada cual.

En la prédica revolucionaria de José Martí estaba el fundamento moral y la legitimidad de la acción armada. Por eso se dice que él fue el autor intelectual del 26 de Julio.

Ya lo escribió Fidel en el alegato histórico La historia me absolverá: "Parecía que el apóstol iba a morir en el año de Centenario, que su memoria se extinguiría para siempre, tanta era la afrenta. Pero vive, no ha muerto, su pueblo es digno, su pueblo es fiel a su recuerdo; hay cubanos que han caído defendiendo sus doctrinas, hay jóvenes que en magnífico desagravio vinieron a morir junto a su tumba, a darle su sangre y su vida para que él siga viviendo en el alma de la patria".

Es una gran suerte que la Revolución cubana tenga en sus cimientos tanta entrega, pureza, tanto soñar y audacia. Tanta imaginación y frescura.

Los muchachos atravesaron el país hacia el oriente, algunos a solo horas de la acción, porque ser nuevos en el escenario también formaba parte de la sorpresa.El arresto, la discreción y la disciplina les acompañaron como aura.

En cuanto a las armas, comenzaban de cero, las compraban en tiendas convencionales, haciéndose pasar por simples comerciantes.

Santa Elena, la Finca de Mayabeque entró en la historia, tuvo el privilegio de contribuir considerablemente a la preparación militar del grupo de combatientes que encabezaron la lucha en el llano y La Sierra Maestra.

Lo del asalto tenía que parecer en los comienzos una sublevación de sargentos, para confundir al gobierno durante unas tres o cuatro horas.

Frustrado el ataque, los que quedaron a la deriva sufrieron una odisea terrible. La ciudad se entregó a proteger y a esconder a los atacantes dispersos. Con la ayuda de buenos bayameses salvaron la vida algunos, otros cayeron bajo las garras de la feroz dictadura.

No fue un intento golpista ni aventura apresurada, la Generación del Centenario sintetizaba lo más noble del pueblo.

Los imponentes muros que escondieron el terror y el crimen en aquella época, protegen hoy sueños y esperanzas en la Ciudad Escolar 26 de Julio, primer cuartel convertido en escuela.

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Categoría: Crónicas, reportajes y entrevistas
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