Sin duda alguna Bejucal es un territorio con una historia que lo hace protagonista de acontecimientos de trascendental importancia como la inauguración del primer camino de hierro cubano y latinoamericano, el tramo Habana- Bejucal.

Tras este suceso Cuba se convertía en el séptimo país del mundo en disponer de esa vía de transporte, aventajando en más de una década a la propia metrópoli española.

Bejucal es un pueblo de gente emprendedora como es el caso de periodista, poeta e inventor Arturo Comas Pons, quien consideró que su mejor aporte a la Revolución era su “velocípedo aéreo” para fines bélicos, el cual podría lanzar bombas sobre las tropas españolas. Este artefacto se le propuso a Martí pero no llega a concretarse quizás por falta de presupuesto para su ejecución.

Quizás este haya sido la génesis del divertido inventor que Juan Padrón recreó en sus gustadísimos dibujos animados de Elpidio Valdés.

Eso no lo sé, son apenas especulaciones, pero de lo que sí puedo hablar es de lo que viví en mi reciente visita a la finca mal llamada El Hambre, en la que un joven agricultor, combina las artes marciales con el duro trabajo del campo.

Piedras de todos tamaños salen al paso del visitante, alineadas de forma curiosa, formando muros que impiden la degradación de los suelos y el aprovechamiento del agua cuando se le antoja llover.

A pesar de la agresiva sequía de estos últimos meses, como un milagro verde propio de eso que llamó Carpentier lo Real Maravilloso, aparece ante los ojos asombrados del visitante, siembras lujuriosas de maíz, mangos que amenazan rendir por el peso de sus frutos a las cargadísimas ramas.

Unas guayabas enormes y completando el paisaje , una sonrisa hermosa, una conversación apasionada de un joven que venció con su ingenio la ley de las probabilidades y que dice no cambiarle el nombre a su finca porque tiene una connotación histórica de su pasado colonial cuando fue habitada por agricultores españoles que se rindieron ante lo agreste del paraje.

De esa estirpe es también el matrimonio de ganaderos que dedica su vida a la cría y cuidado de un gran rebaño de ganado mayor que ocupa sus días y sus noches, sin dejarle tiempo al descanso, pero que reciben y despiden a quien llega a sus casas con una eterna sonrisa, la que retoza en los labios de una, para replicarse en los ojos enamorados del otro.

Bejucal es tierra de hombres y mujeres que comparten lo que tienen, su alegría, la riqueza de su trabajo, el calor de su hogar y hasta una deliciosa taza de un negrísimo y humeante café.

Los bejucaleños, nos demostraron durante nuestra visita que son herederos del griego anfitrión y nos dejaron un inolvidable recuerdo que difícilmente podrá superar otro municipio de los que nos falta por recorrer.

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