Me oprime esta tristeza que imaginé cierta cantidad de veces, aunque nunca comparada con el filo de la realidad que me lacera, que me hace derramar lágrimas de respeto, de admiración, de duelo.
Respeto por lo que desde niño aprendí de su personalidad, su ejemplo y acciones para la defensa principalmente de los pobres y desamparados.
Admiración porque con el pasar de los años percibí que era ejemplo, guía y paradigma de hombre, político, revolucionario, intelectual y ser humano.
De duelo por un hombre que desde su sencillez y su grandeza sobrepasa los límites de la historia y del tiempo.
Quiso precisamente esa caprichosa historia, que a 60 años del desembarco de los expedicionarios del Yate Granma desde Tuxpan, México, y de iniciar la última contienda revolucionaria, Fidel Castro Ruz, este mismo 25 de noviembre, ocupara para siempre el sitial más alto: la inmortalidad, la trascendencia de esos seres que han dejado de pertenecerse para perdurar por los siglos de los siglos.
Hoy el silencio invade nuestras calles, puede respirarse la solemnidad, hasta el cielo oscurecido se suma a la despedida de este amigo, de nuestro comandante, del Héroe, del Quijote decidido y luminoso que nos guiará por siempre.


