Mayabeque, Cuba: El compositor, pianista e irruptor cultural mayabequense, Chucho Valdés estrenó en el Palacio de Bellas Artes, México, una composición en homenaje a quien lo hizo músico: Caridad Amaro, su abuela, y enmendó la historia de la música escrita en el imaginario popular, publica Cubadebate.
Si bien es cierto que Chucho entró a la música de la mano de su padre, Bebo Valdés, a quien le debe el amor por los sonidos y sus silencios es su abuela. Y eso ocurrió en medio de una bacanal de música muy fina, que mezcló las tradiciones del barroco, el romanticismo, el modernismo, con el trío de tambores batá y los toques de Nigeria y Arará.
El retorno de Chucho Valdés luego de nueve años de ausencia fue imperial.
Al hijo ilustre de Quivicán lo recibieron en el Palacio como lo que es: uno de los músicos mejores en el orbe y además muy amado y él, sorprendido ante la tempestad de aplausos, vítores y júbilo, juntó las manos frente a su pecho, sonrió y el público entró en delirio luego de que esa sonrisa iluminara la noche entera, que se llenó de son guajiro, bolero, rumba, hechizo y guaguancó.
Dreiser Durruty se plantó al centro del escenario bajo un atado ritual: el trío de conos de madera, clepsidras de ébano, piezas talladas a mano y de una sola pieza, que reciben el nombre de batá: tres tambores rituales de magia y santería: Iyá, Itótele y Okónkolo, así nombrados por su tamaño, de mayor a menor y símbolo y uso para curar los males del alma.
Desde esos tambores, Dreiser contestaba cada nota, cada guiño, acorde, belleza en aluviones nacida de las manazas de Chucho Valdés, cuya enorme humanidad daba pie a las entradas de Yaroldy Abreu en las congas y al embrujo del encordado acústico de Ramón Vázquez, contrabajista que reúne en uno solo los estilos de Eddie Gómez y Anders Jormin, el primero, compañero de batalla de Bill Evans, el segundo, contrabajista sueco.
No era casualidad tal mezcla de estilos, pues el padre de Chucho, Bebo Valdés, se estableció en Suecia y Eddie Gómez refiere a su vez a una manera de dimensionar el genio e importancia musical de Chucho Valdés, a quien los expertos europeos ubican entre los primeros cinco pianistas del planeta, su música encandila, nutre, pone en órbita a la gente.
Pero Chucho Valdés es de esos genios de a deveras, un hombre sencillo que antes de anunciar cada pieza advertía: “es algo muy sencillo, lo acabamos de componer y ahora lo vamos a estrenar y está dedicado a mi abuela. A ella le gustaba mucho Rachmaninov”.
Y Rachmaninov fue el primer autor visible en el imaginario de lo que sonó en Bellas Artes. Las manos del pianista de Mayabeque deslizaban clusters a lo Cecil Taylor y enseguida desplegaba en la mano izquierda el tema de Eleanor Rigby mientras la derecha encaderaba un son montuno.
Ahora la mano derecha entona a Thelonious Monk mientras la izquierda juguetea con el tema principal del Bolero de Ravel.
Apenas sonaba la segunda pieza del concierto y todo era éxtasis y sonrisas entre músicos y público. Una música de belleza extrema, sencilla y al mismo tiempo sumamente complicada, embrujante, irresistible. Encandiladora.
Chucho Valdés en Bellas Artes. Una orgía celeste de congas y batá, un concierto barroco sin peluca, ni afeites, ni perfume. Tan sólo el aroma poderoso de la música desnuda. (IVP)


