La creación de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) por sus siglas, consolidó los sueños de integración de los pueblos del continente y avivó el empeño común de ponderar la justicia, la dignidad y la democracia.   

El avance de revoluciones populares, rectoras de políticas de desarrollo sostenible y equidad, resultó desde el primer momento incómodo para los intereses de la derecha Latinoamericana y el imperio norteamericano.

Estaba en peligro la hegemonía de poder y el patio trasero de los Estados Unidos, se ponía límites a siglos de explotación y saqueo, de miseria y desamparo para millones de pobres. La nación americana comenzó a hacer de todo para cambiar el rumbo y volver a los tiempos del neoliberalismo.

Desde Washington se juega con el destino de los pueblos a los que Martí llamó “Nuestra América” del Bravo a la Patagonia. Maniobras políticas en Brasil, manipulación de los medios masivos de comunicación en Argentina, alianzas en Colombia y agresiones de todo tipo contra Venezuela, el primer blanco de la política injerencista de los EE.UU. en estos momentos.

La llegada de Donald Trump a la Casa Blanca afianzó los intereses de los sectores de poder, en un total desprecio por el derecho de los pueblos a determinar su futuro.

Hoy, más que nunca es necesaria la unidad latinoamericana, hemos de andar en cuadro apretado como la plata a las raíces de los Andes al decir del Héroe Nacional de Cuba para seguir teniendo Patria libre.

La espada de Bolívar tiene que estar alerta, hay que hacer cumplir la sentencia del benemérito de las Américas Benito Juárez cuando dijo: “el respeto al derecho ajeno, es la paz”.

Hay que defender los sueños de libertad que Chávez hizo realidad en su país, extender el concepto de Revolución de Fidel a todo el continente, para que la integración defienda una vida plena y justa para todos.

El Comandante en Jefe discípulo del Maestro afirma: “De América soy hijo y a ella me debo”.

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