A Fidel hay que recordarlo en presente, en la primera fila del combate, guerrero incansable que aún nos guía  frente a las encrucijadas. 

Su nombre desborda los límites de la palabra, vence la nostalgias, añoranzas, supera las tristezas  y se vuelve verbo firme y rebelde, compañía eterna en este viaje que él sigue timoneando.

Por eso no hay ausencia. Late en cada momento de la isla: en las escuelas, donde en septiembre, sin falta, los niños llegan a aprender  los secretos de la obra humana y en las aulas de las universidades, abiertas definitivamente después de enero de 1959.

Fidel está junto al guajiro, que en las mañanas labra la tierra conquistada, esa que la Revolución arrancó al latifundio y hoy pertenece a quien la trabaja.

Sigue alentando el desarrollo de la ciencia, en los centros que fundó para estimular investigaciones y proyectos de gran repercusión en la salud y la economía, dentro y fuera de la isla.

Su legado permanece en el deporte, la cultura, es obra viva, dispersa por los rincones de un país que no se cansa de evocarlo y aprendió junto a él a conjurar tropiezos con la terquedad de la esperanza.

Es cierto, no hay ausencia. Fidel continúa a nuestro lado, desafiando las ventiscas de los huracanes, alentándonos desde las tribunas, demostrándonos que no estará nunca solo el sitio por donde  ha pasado un revolucionario.

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