Con los ecos aún de los debates de los periodistas cubanos en su décimo congreso, pretendo acercarme a algunos tópicos que desde las discusiones en la base generaron polémica, inconformidad y reclamos de quienes asumimos este mandato social.
Muchos de los colegas reunidos en La Habana abogaron por una prensa despojada de formalismos, en diálogo más profundo con la realidad circundante, con informaciones cada día más creíbles y lejos del periodismo aburrido y metódico que abunda en las redacciones.
Mejorar las condiciones materiales de los medios, los salarios, y un sistema de evaluación que honre el esfuerzo de los profesionales del sector y estimule la calidad y la entrega, son retos en los que habrá que trabajar a pasos acelerados.
No se trata de convertir la organización en una estructura que sirva de puente entre las carencias de sus integrantes con los encargados de resolverlas, es convertirla en un aula donde cada alumno sienta representado sus intereses como profesional, aunque en muchos casos la respuesta esté lejos de la satisfacción.
En esta batalla se insertan también los directivos de los medios que no le hacen el juego a instituciones o funcionarios que cierren la investigación sobre determinados asuntos porque no es recomendable su difusión.
Es inevitable volver una y otra vez al maestro de periodistas Julio García Luis y sentir aún su pluma vibrante cuando dejó escrito:” La verdad no admite ser administrada, manejada o acicalada. Necesitamos la verdad, sea dulce o amarga. La verdad es el respeto al pueblo, a su conciencia, a su lealtad probada, a su capacidad para razonar. La verdad es siempre revolucionaria”
Ese es el periodismo que necesita Cuba, al que aspiramos los que hoy defendemos el gremio, graduados o reorientados, pero con desafíos e inquietudes y, sobre todo, muchas ganas de seguir adelante.


