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De niño, una de mis excursiones preferidas era ir con los amigos del barrio  hasta Santa Elena, subirnos en la línea del ferrocarril sobre el puente de Los Quesos, esperar el paso de algún  tren  y cuando ya lo teníamos encima  salir corriendo en desbandada, cañada abajo, donde un viejo mamoncillo recuerda el paso de los jóvenes que asaltaron el Moncada.

La finca está justo al borde de los rieles y nada la hubiera hecho trascender, salvo las prácticas de tiro que congregaron a la vanguardia de lo que se llamó la generación del centenario, porque en 1953 Martí cumpliría un siglo de existencia y en su alegato de defensa, tras el ataque, Fidel lo nombró el autor intelectual de la gesta.

Al final de un estrecho camino rodeado de cocoteros está la casita, pintoresca, hecha de tablas y detrás, entre el marabú y la maleza, en un espacio techado por los árboles, el corpulento mamoncillo, aún marcado por los impactos de las balas, de lo que fuera el último entrenamiento, antes de la partida  hacia Santiago de Cuba, en las cercanías del 26 de julio.

La finca, ubicada a casi un kilómetro de la localidad de Los Palos (en los límites con Matanzas, por el sureste) sigue siendo propiedad de la familia Hidalgo Gato. Mario, su dueño, tenía vínculos con la juventud ortodoxa y por eso conoció a Fidel Castro, al cual propone usar aquellos terrenos, resguardados y discretos, para preparar una acción, que muy pocos conocían en detalle, pero pretendía explosionar el ambiente político de la Isla de punta a cabo.

Así llegaron, en  varios grupos y jornadas, los futuros asaltantes, parte de una operación organizada por Ernesto Tizol, a la cual acudieron el propio Fidel y Abel Santa María, entre otras descollantes figuras del movimiento.

Fue en Santa Elena donde Fidel le encarga personalmente a Agustín Cartaya el Himno del 26 de julio, marcha distintiva de la acción, que fuera un fracaso militar, pero prendió la llama de la rebeldía en un país aletargado.

Santa Elena emerge como un sitio de culto en las conversaciones cotidianas de los moradores de Los Palos, donde el nombre de un joven, fallecido en el asalto del Moncada, siempre  se recuerda: Manuel Isla Pérez.

Era casi un niño cuando tomó el tren hacia Santiago. Nunca dijo el propósito del viaje y nunca regresó. Muchos años después, Mercedes, su mamá, seguía dejando la puerta trasera de la casa abierta por si Manuel volvía. Ella jamás dejó de llorarlo. En la Granjita Siboney hurgó entre ropas y despojos, pero no halló la camisa de cuadros que llevaba su hijo, al despedirse, con un beso apurado, una tarde de finales de julio de 1953. 

Cuando paso, a veces, en  tren, al borde de Santa Elena, la oquedad del ruido sobre el puente de Los Quesos me trae de vuelta los recuerdos de mi infancia, las excursiones, los amigos del barrio, el caminito rodeado de cocos, el viejo mamoncillo, la húmeda cañada, ecos de una historia mítica y lejana, anclada para siempre en  la memoria. (IVP)

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Categoría: Gesta del Moncada
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