Este primero de junio celebramos el día internacional de la infancia y mi intención con este texto es compartir algunas vivencias personales, cuando siendo pequeño pude intercambiar en varios momentos con el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz.

Recuerdo como si fuera ahora mismo esa primera vez que lo tuve frente a mí, trascurría el año mil 996 y en la sección final del II Congreso Pioneril, el líder histórico de la Revolución Cubana, dispuso de todo su tiempo para atender las inquietudes, los reclamos y las vivencias de los miles de pioneros que estábamos reunidos en el Palacio de Convenciones.

Casi al término del cónclave se dispuso a tomarse fotos, dejar que le acariciaran su barba, que le besaran la mejilla, no pude evitar vibrar por dentro, cuando logré estrechar su mano.

Entonces vinieron otros encuentros, a finales del pasado siglo formé parte de una delegación del país que apoyó un equipo de béisbol en los Estados Unidos y fueron varias las reuniones con Fidel para conocer que íbamos a hacer en esos días de mayo, como se había preparado la selección cubana y la importancia que tendría demostrar la valía de nuestro deporte revolucionario, alejado del profesionalismo.

Después llegó la batalla por el regreso de Elián González, uno de los tantos hechos que demuestran la importancia de un niño para Fidel. 

Nadie me lo contó, fui testigo de la coordinación para cada marcha, cada concentración, cada actividad por traer al pequeño de regreso, Fidel estuvo siempre al tanto del más mínimo detalle, recuerdo la primera tribuna que se realizó, fue un 5 de diciembre del año mil 999, en un improvisado traile frente a la oficina de intereses de los Estados Unidos.

Allí surgió la idea de la tribuna antimperialista, pero nacieron también incontables programas sociales, estudiantiles, juveniles, devenidos batalla de ideas, que otorgó total protagonismo en su conducción a la juventud.

En aquellos momentos me resultaba difícil comprender como el Comandante podía detenerse tanto tiempo a escuchar a los infantes, a los jóvenes, casi 25 años después entiendo con total claridad que los niños son sabios y sinceros, nadie como ellos para resumir y expresar los sentimientos, las verdades que nacen más cerca del alma que de la mente, sin maquillajes o conveniencias.

De esa certeza nació este texto, y quizás también como una evocación al niño que tuvo el privilegio de estar cerca de Fidel y que nunca he dejado morir dentro de mí.

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