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Cuentan que los relojes del batey marcaban las 2:00 de la mañana cuando en Birán nacía Fidel Alejandro, el tercer hijo de Don Angel Castro y Doña Lina Ruz.

A esas horas, confirman los cercanos al alumbramiento, los haitianos del lugar bañaron al recién nacido con hojas de Yagruma y de Berbena “para los buenos augurios”, dijeron entonces.

De esta manera comenzó la vida de uno de los hombres más importantes de la historia mundial. Su legado no solo está apegado  a los límites de la nación antillana, cada palmo de tierra del orbe atesora una enseñanza, un recuerdo o tan solo atesora para si la huella indeleble del eterno Comandante.

La etapa de la primera infancia definió al Caguairán para toda su fructífera vida. Personas que tuvieron la oportunidad de estar con él durante las ofensivas contra el ejército batistiano relatan que siendo un barbudo rebelde en los años gloriosos de la Sierra Maestra, más de una vez encaminó sus pasos hacia su tierra natal para dar un abrazo a Doña Lina, ya viuda y marcad a por el susto de la guerra que atentaba cada día contra la existencia de dos de sus retoños.

Antes también se había acurrucado al ardor de los pinares y cedros, que según narran, gustaba sembrar su padre por toda la finca. Lo hizo cuando ya tenía concebido el plan de asaltar el Cuartel Moncada, resultó una visita diferente y Fidel estuvo sentado largo rato en la escalera del hogar, parecía estar despidiéndose de aquel paraje, de su infancia, de la vida, hasta ese momento transcurrida. 

Al parecer los buenos augurios de los haitianos presagiaban que aquel niño pasaría a la posteridad como un líder indiscutible, que sobre sus hombros cargó con la responsabilidad de hacer de su patria la nación que soñó José Martí.

A 93 años de años de su nacimiento las nuevas generaciones , en el gigante de verde olivo encontramos una fuente inagotable de sabiduría, sabia de la cual bebemos para entender y defender la Revolución que con sus propias manos forjó.

Por contiendas económicas y sociales difíciles transitamos los nativos de est faro de luz y dignidad, pero como nos enseñó el Comandante en Jefe Fidel Castro, ante las adversidades hay que crecerse, tarea de primer orden en la etapa actual donde hay que usar las potencialidades.

Hoy, casi a un siglo de aquel glorioso alumbramiento, los relojes de Biran vuelven a marcar una hora, pero esta vez un tiempo eterno, el de las ideas, el compromiso y las convicciones de aquel niño que se hizo gigante y fraguó con su entereza y coraje un país. (IVP)

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Categoría: Fidel, la huella eterna
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