A los sentimientos de dolor y tristeza por la pérdida física, debe imponerse el orgullo de coincidir en el tiempo con un ser humano excepcional, pues Fidel nos  invita con su vida y obra a levantar la voz contra la injusticia, a no rendirnos y a luchar por la unidad.

Su impronta a nivel global es indiscutible. Se trata de  un hombre que entregó su vida a la causa del bien común, de los más desposeídos de la Tierra. He ahí la grandeza humana y ética del líder histórico de la Patria.

Un Fidel que desde niño tenía ese sentimiento de solidaridad,  se convirtió posteriormente en un ser capaz de llevar a cabo un bienestar mayor.

Hoy, aunque ya no está físicamente, su legado acompaña a los cubanos y a muchas otras personas en el mundo. Su retrato quedará construido en el tiempo a través de sus hazañas.

Fidel continuará siendo un ícono en las luchas del pueblo cubano por preservar nuestra unidad, independencia, soberanía y nuestro socialismo.

Seguirá también como fuente de inspiración de todos aquellos que en cualquier parte luchen por un mundo mejor, por un mundo de justicia e igualdad social.

Ahora nos queda un gran desafío, no podemos convertir en consignas, ni fundir en bronce, ni en algarabía, ni jolgorio su pensamiento. El principal monumento a Fidel es su obra, lo que hizo por Cuba. Nos conmina  a seguir la luz infinita de su ejemplo.

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