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Cada vez que veo otra vez a Fidel en la televisión, rodeado de niños, hablando de los sueños y del futuro, con esa voz que sabía mover entre los tonos frágiles y profundos, me sorprendo diciéndole a mi hijo Alessandro, de apenas ocho años de edad, la misma frase que mi madre esgrimía en la casa cuando el Comandante aparecía en la tele: ¡Silencio, que va a hablar Fidel!

En esos momentos ocurre algo, casi mágico. Por un momento me traslado a mi infancia y revivo aquel tiempo feliz. Vuelvo a ver a mi mamá mencionando el nombre de Fidel todo el día y evoco la manera en que empezamos a conocerlo.

¡Silencio, que Fidel va a hablar!, ordenaba y sentaba a los cuatro hijos frente al televisor, incluso a mí, que no levantaba una cuarta del piso. Entonces, permanecía muy atenta, sentada en el sillón mientras lo demás dejaba de existir. Nosotros la contemplábamos toda orgullosa, y nos quedábamos en el intento de descifrar el enigma de aquellos discursos que dejaba la felicidad pintada en los ojos de ella.

Corría el año 1974 y acabábamos de mudarnos a un apartamento donde no se filtraba el agua ni la tristeza, nos recordaba siempre. Aquella era una comunidad de edificios nacida en medio de un pantano que estuvo olvidado por más de cuatro siglos hasta que llegó Fidel, recalcaba.

Y así, al compás de aquellas lecciones, crecimos. Fidel estaba por todos los lados: en la cafetera que sustituyó al viejo colador de tela, en la olla de presión que apuraba la comida, en la luna de espejo grandísima donde ella vio por primera vez su propia belleza reflejada; en el televisor y esa gente dentro contándonos las historias del capitán Tormenta y Robin Hood, en los uniformes, las pañoletas, la escuela repleta de libros y amigos que quedaban al otro lado de la carretera, todos triunfos también de Fidel, reiteraba.

En esa misma escuela mi madre cursó el sexto y el noveno grados por las noches y también de esas aventuras nocturnas, Fidel era el responsable, repetía.

Con el tiempo comprendimos que no se trataba de una obsesión, era el agradecimiento de una mujer que a los 24 años parió cuatro hijos que jamás se acostaron con hambre, era la alegría de quien se liberó al compás de la Revolución que vibraba en su nueva máquina de coser y en el sonido de la radio llenando por primera vez nuestra casa; en los domingos de trabajo voluntario y en las becas donde nos hicimos técnicos y profesionales.

Fidel rejuvenece hoy en la obra de bondad y amor que enseñó a crear. Todavía es el líder, y en sus ecos advierto esta gran lección del Principito que también es suya: “primero hay que soportar las orugas para conocer las mariposas”.

Fidel se refleja en todo, y será por siempre así, estoy segura. Su color se disemina en todas las revoluciones que se fecundan con el esfuerzo colectivo de personas humildes como mi madre, como yo y como usted, que todavía pedimos silencio para escuchar a Fidel, para recordarlo y soñarlo. (LHS)

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Categoría: Fidel, la huella eterna
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