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Mayabeque, Cuba - Qué bueno sería que Camilo estuviera entre nosotros, si así fuera lo veríamos con la barba ya blanca por el paso del tiempo, con  su eterna sonrisa. Conoceríamos  entonces de su afán como abuelo, contando quizás las anécdotas de la Sierra, del llano, de la amistad con sus amigo Fidel y el Che, de las veces que fue requerido por hacer algo indebido, de aquel día en que tumbó de la hamaca al médico argentino y la risa inundó la manigua, como si la lucha fuera  asunto de juegos.

En su visita a Escuelas o tal vez caminando por las calles, alguien le pudiera preguntar por la noche de las palomas. Cierro entonces los ojos y lo veo tocándose el hombro derecho, rememorando aquella pregunta del amigo que ya no está. ¡Voy bien Camilo! Y su respuesta ¡Vas bien Fidel!

Pero, físicamente no está, lo protege el mar en  un punto de la costa norte cubana. Aquellos días de octubre transcurrieron llenos de angustias. La intensa búsqueda no tuvo resultados. Nunca más se le vio portando su traje verde olivo, tampoco de su inseparable Thompson 45.

El potente e impredecible mar no quiso devolvernos nada, pero nos quedó su ejemplo y ese carisma que permanece atacado a la memoria popular. Por eso, cada 28 de octubre todas las flores son para el Héroe de Yaguajay.

 Aquellos que lo conocieron, los que ahora leen de sus hazañas y valentía, los que creen firmemente que en el pueblo hay muchos Camilos, seguimos buscando la luz de su mirada, bajo la sombra del sombrero alón.

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Categoría: El Héroe de Yaguajay
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