La tristeza pocas veces visitó mis días de infancia, sin embargo recuerdo que aquella mañana de octubre, el sol mostrando solo su timidez o su desconsuelo se negó a regalarnos su luz mañanera. Algo había en el aire, un aura triste sobrevolaba los almendros del patio de la escuela.
Como un sueño recuerdo el paso lento de la directora, el rictus sobrecogedor de su semblante, la pausa interminable luego del saludo, el silencio que se multiplicó entre los presentes en aquel matutino angustioso… la noticia… en el páramo boliviano habían asesinado al Che.
Allí, en la nunca olvidada escuela de La Higuera , el héroe que sobrepasó los límites de la geografía argentina, para sumarse al asalto a la aurora, que protagonizarían quienes viajaron en el mítico Yate Granma, el que luego marcharía como Quijote de estos tiempos a otras tierras necesitadas de sus modestos esfuerzos , sería víctima de la cobardía y la ignorancia de alguien desconocedor de que es imposible desaparecer la grandeza, cuyo único mérito si acaso puede llamársele así es haber disparado contra la inmortalidad.
Hoy celebraría con un pueblo que lo adoptó como un hijo 90 años, tras habernos dado el regalo más grande el ejemplo diario, su entrega sin límites a la justicia a la verdad, a la equidad , sin embargo yo preferiría recordarlo así, como el hombre más apuesto del mundo, con esa mirada que inmortalizó el fotógrafo Korda quien la describió llena de "pura ira ante los hechos salvajes del atentado al vapor la Coubre , para otros sería el reflejo vivo del más profundo dolor.
Lo mejor es que cada 9 de octubre, y mucho más cada 14 de junio recuerdo que el Che de América, es una llama encendida en el corazón de la gente, porque correspondía a esa categoría de hombres cuya muerte les da más vida de la que tenían en vida.
El Che fue asesinado y su vanguardia guerrillera militarmente derrotada, pero en el altiplano triunfó finalmente un movimiento americano y universal que lo reivindica como paradigma del hombre de los nuevos tiempos.


