Existen personas que surcan su huella profundamente en la historia de la humanidad. Mientras algunos pasan por la vida silenciosamente, el de la sonrisa amplia y el sombrero alón ha sido recordado y lo será eternamente por su pueblo cubano y el mundo.

Cuando escucho el nombre de Camilo, antes de la sonoridad del Cienfuegos de su apellido evoco su sonrisa, esa que más que humanizarlo lo perpetuó siempre joven a la altura de sus escasos 27 años.

Largos y negros el cabello y la barba. Delgado el cuerpo. Sombrero alón. Sonrisa amplia, franca, contagiosa; en fin, una bella sonrisa. Las mangas siempre recogidas en los codos. Esa es la imagen que tengo prendida en las retinas desde mi infancia. El que fue y será por siempre el Comandante del pueblo, el héroe de la Sierra Maestra, de la invasión y de Yaguajay.

En los montes de Tanquera, en Mir, provincia de Holguín, un combatiente le comunicó a Camilo haber escuchado por Radio Rebelde su ascenso a Comandante. Acogió la noticia con la modestia, que siempre lo caracterizó.

El 26 de abril de 1957, estando acampada la columna rebelde en el Alto de Santana y ya entrada la noche, se recibe la noticia de que el grupo Manzanillo estaba rodeado por el enemigo en casa de Lalo Sardiñas.

Camilo poseía el don de la firmeza y la seguridad. Entre sus virtudes resaltan la fidelidad a la patria y a Fidel.