Un día como hoy, las flores irradian belleza y candidez, porque nació un ser digno de recibirlas en su homenaje más solemne. Ese caballero de barba y limpia sonrisa, que se presenta como uno de los forjadores del destino de nuestros más gloriosos momentos de Revolución.

Resulta justamente una pieza de alto valor patrimonial el expediente de Camilo Cienfuegos en la Academia de Bellas Artes “San Alejandro”. Descubrir y amar la escuela define el alma sensible de quien cree en la creación como suceso indispensable para transformar para bien el mundo.

Mayabeque, Cuba - Qué bueno sería que Camilo estuviera entre nosotros, si así fuera lo veríamos con la barba ya blanca por el paso del tiempo, con  su eterna sonrisa. Conoceríamos  entonces de su afán como abuelo, contando quizás las anécdotas de la Sierra, del llano, de la amistad con sus amigo Fidel y el Che, de las veces que fue requerido por hacer algo indebido, de aquel día en que tumbó de la hamaca al médico argentino y la risa inundó la manigua, como si la lucha fuera  asunto de juegos.

Camilo Cienfuegos Gorriarán nació el 6 de febrero de 1932, en la barreada de Lawton. Desde niño hizo del buen carácter, la jocosidad, cualidades que lo acompañaron por siempre. 

Camilo Cienfuegos nació el 6 de febrero de 1932, en el seno de una familia humilde. En la primera etapa de su vida forjó valores y una personalidad incomparable que luego serían entregados a la Revolución para hacerla más genuina.

Cuando escucho el nombre de Camilo, antes de la sonoridad del Cienfuegos de su apellido evocó su sonrisa. Esa que más que humanizarlo, lo perpetuó siempre joven a la altura de sus escasos 27 años. En mis días de infancia, en el simbólico acto de tributo de cada 28 de octubre cuando amorosamente depositaba las orquídeas, que mi abuela reservaba para la ocasión,  en el fondo de las aguas de la playa cercana a la escuela buscaba su sonrisa ancha y singular, al soldado vestido de campaña con su barba distintiva y coronado, con las amplias galas de su sombrero alón.