Hay nombres que se comparten pero tienen dueño. Esa responsabilidad la asumió el pequeño Camilo Rodríguez López, que hace tres meses abrió los ojos al mundo desde la Cuba del Héroe de Yaguajay.

Octubre nos recuerda al hombre que sonreía a menudo a lo ancho de la cara, al que bajo un sombrero ponía la grandeza moral de un revolucionario comprometido con su tiempo.

Octubre en la memoria tiene su espacio de homenaje para el héroe que viajó en el Granma, que subió a la Sierra, al Jefe del Estado Mayor del Ejército Rebelde después del triunfo de la Revolución.

Cuando su columna, la No.2, se hizo cargo de llevar la invasión hasta Pinar del Río, el extremo más occidental del archipiélago cubano, ante la imposibilidad de lograrlo Camilo se alegró de dejarle ese mérito inigualable a Maceo.

Al Triunfo de la Revolución y ante la situación creada con la huida de Batista y el intento de establecer un nuevo gobierno, Camilo recibió la orden de marchar rápidamente hacia La Habana y tomar el Campamento de Columbia, sede del Estado Mayor del Ejército, misión que cumplió el 2 de enero de 1959.

Al día siguiente, el Comandante en Jefe Fidel Castro, lo designó por la Orden Militar No 1, como Jefe de todas las fuerzas de Tierra, Mar y Aire radicadas en la provincia de La Habana.

Sin embargo, Camilo no vivió ni siquiera el primer año de la Revolución triunfante, el 28 de octubre de 1959 su avión sufrió un fatal accidente donde finalizó su vida, y que impidió que pudiera ser recuperado su cadáver.

Apenas 27 años tenía el joven de la barriada de Lawton y le bastaron para dejar una huella imborrable en la memoria colectiva. Desde entonces hasta hoy, en Cuba los jóvenes, los pioneros, los abuelos, los cubanos llevan flores al mar para homenajear al héroe del sombrero ancho, la barba y la sonrisa espontánea y repetida.

Es él la imagen del pueblo, y se multiplica en las hazañas cotidianas de los cubanos. Este julio nació otro Camilo, a quien sus padres Wilmer y Yunet le enseñarán de seguro la historia del hombre que llevó su nombre, y el orgullo que merece llamarse igual que el Señor de la Vanguardia. (BSH)

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