Cuando escucho el nombre de Camilo, antes de la sonoridad del Cienfuegos de su apellido evocó su sonrisa. Esa que más que humanizarlo, lo perpetuó siempre joven a la altura de sus escasos 27 años. En mis días de infancia, en el simbólico acto de tributo de cada 28 de octubre cuando amorosamente depositaba las orquídeas, que mi abuela reservaba para la ocasión,  en el fondo de las aguas de la playa cercana a la escuela buscaba su sonrisa ancha y singular, al soldado vestido de campaña con su barba distintiva y coronado, con las amplias galas de su sombrero alón.

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