Cada 28 de enero mis recuerdos pueriles están de vuelta con aquellos días inolvidables cuando conocí al autor de “La Edad de Oro”. Supo descifrar la historia del hombre contada por sus casas, y al que una Nené traviesa le tocó el corazón parada frente a un enorme volumen literario que no lograba entender.
Así era José Martí y aunque en pretérito lo mencione, su legado literario se proyecta de manera incondicional hacia el futuro, instruyendo y sustentando el talento infantil.
Mi madre que era muy martiana me decía una y otra vez que era necesario leer para conocer a Pilar la de los zapaticos de rosa, y aprender a ser desinteresados como ella lo fue con la chica pobre y enferma.
También a Bebé, sobrino de un tío pomposo que vivía pendiente de las apariencias y que discriminaba a los humildes y al cual el pequeñín se le encaró regalando su sable a su humilde primo dando muestras así de valor y justeza.
Aún recuerdo mi primera muñeca a quien mi padre puso por nombre Leonor, al igual que la muñeca negra de Piedad que fuera obsequiada por sus padres, y a quien la niña acunaba diciéndole una y otra vez: “te quiero aunque no tengas más que una sola trenza, te quiero porque no te quieren”.
Papá me leía con ferviente cariño este cuento incluido también en el formidable cuaderno escrito para todos los niños de América y a través del cual el Apóstol, suprimía todas las diferencias raciales, poniendo en alto la hermandad, teniendo como paradigma los valores humanos.
Este 28 de enero el Martí que conocí en mis primeros años de vida se crece para multiplicar esperanzas y repartir ensueños a la infancia de todo el planeta, mientras yo con la muza cándida de mis recuerdos le rindo honores, declamando sus versos, estrechando su cálida mano de profeta, soldado, amigo, padre, hombre sabio y amoroso. (LHS)











