A nuestro Héroe Nacional los cubanos lo tenemos como a alguien muy cercano y entrañable. Ante las más disÃmiles circunstancias, una cita suya nos sirve de argumento.
Su ideario no solo está recogido en sus Obras Completas, sino que, además, los medios de difusión masiva lo divulgan periódicamente. Es, sin dudas, el más universal de todos los nacidos en este Archipiélago.
Sin embargo, poco se publica acerca de cómo era Martà fÃsicamente. La grandeza de su pensamiento aún no le da ocasión a los estudiosos de incursionar a fondo en el asunto. No es un tema secundario ni baladÃ. A los hombres hay que bajarlos de vez en cuando de sus pedestales y recorrerles la epidermis. Eso los humaniza en tanto los acerca más a sus seguidores.
A juzgar por los testimonios de personas que lo conocieron y trataron, la estatura del hombre de Dos RÃos era de alrededor de cinco pies y medio, y su peso corporal de alrededor de 140 libras. Casi siempre llevaba un bigote grueso y una fina mosca en el mentón. Su cabeza no era tan grande y desproporcionada como denota el mundialmente conocido busto del escultor J. A. Sicre.
Su apéndice nasal era recto, como sus ideas. Y sus ojos no eran negros, sino pardos, de los que dijo el pintor Federico Edelman al esbozarlos: "Color que tiene los tonos cambiantes de las olas, desde el oscuro hasta el claro, en una sensación variable de carmelita a verdemar". Se dice que eran melancólicos y dulces. ¡Pero centelleantes y enérgicos al atacar desde la tribuna!
Enrique Collazo, que lo conoció bien, ha dicho de él: "Era excesivamente irascible, muy nervioso, ¡un hombre ardilla! QuerÃa andar tan de prisa como su pensamiento, lo que no era posible. SubÃa y bajaba las escaleras como quien no tiene pulmones. Y vivÃa errante, sin casa. Sin baúl, sin ropas, dormÃa en el hotel más cercano, donde lo sorprendÃa la noche o el sueño". Y también: "Era un hombre de gran corazón, que necesitaba querer y ser querido".
Aunque dicen que  ocasionalmente Martà fumaba, personas próximas a él lo niegan. Y es cosa rara ya que la mayorÃa de sus colaboradores y hermanos de lucha eran consagrados y formidables tabaqueros. Eso sÃ, era un excelente catador de licores. Su bebida preferida fue siempre el vino de Mariani, muy de moda en aquella época, con el cual cierta vez sus enemigos polÃticos trataron de envenenarlo.
Según contó Gonzalo de Quesada y Miranda, Martà dormÃa poco y mal. Su sueño era casi siempre inquieto, y, cuando lo conciliaba, solÃa hablar incoherencias y agitarse de uno a otro lado. Una vez le preguntaron: "¿Y usted cuántas horas duerme?" Y contestó: "Cinco, mientras mi patria no sea libre".
MartÃ, frágil de cuerpo, precario de salud, con una dolorosa herida inguinal de presidiario que no se le curó nunca, con su endeble estructura fÃsica, anduvo a caballo muchas leguas por Santo Domingo, se cayó y se magulló una pierna, aprendió con Gómez a disparar con arma de guerra, a usar el machete, a cortar leña, a cocinar frijoles, y, durante la tormentosa travesÃa marÃtima hasta Playitas, se le vio, remo en mano, en aquellas angustiosas horas en que puso su corazón de patriota, de hombre y de poeta a navegar rumbo a la libertad.











