Yo no lo conocí. Mi generación es de esas que solo supo de él a través de los libros y los maestros. De pequeño no alcanzaba a comprender su verdadera dimensión, pero comencé a leerlo y me cautivó.
En la escuela lo alejaban de mí. Estaba en un pedestal, inalcanzable, como uno de los claustros de mármol de su poema. Y ese era el José Martí que me fui formando a través de los años. El héroe homérico, sin fallas ni tachaduras.
Con el paso del tiempo me percaté de la realidad. Leyendo, solo leyendo comprendí sus frustraciones, ansiedades, y hasta temores. Su obra me ayudó a humanizarlo, a verlo como realmente fue: de carne y hueso. Y se convirtió en brújula certera, consejo oportuno y padre amoroso.
Me enseñó a ver la luz del sol por encima de las manchas, a amar la libertad y a venerar a quienes “pelean para hacer a los pueblos libres, o los que padecen en pobreza y desgracia por defender una gran verdad”.
Por estos días los homenajes no cesan. Más allá de canciones, desfiles y matutinos, el mejor tributo a Martí es la batalla diaria por el bien común, el amor sempiterno a la Patria y el ser consecuente con nuestros actos hasta el último aliento.











