Amanece este 28 de enero con voces de alabanzas invadiendo hasta el eco, para decirnos una pequeña verdad sobre un hombre tan alto, figura brillante que llena el horizonte de Cuba.
Era una niña y aún me queda la emoción de las primeras lecturas del apóstol, ya de noche, cuando todo se quedaba en silencio, bebía su prosa pura, de corazón a corazón, que es cuando se entienden las cosas y llegan muy adentro para el bello mundo de nuestras esperanzas.
Así ha sido dese entonces, siempre igual, buscando la soledad para oír mejor, para que sus espadas se claven hondo en mi pecho en este clamor de gloria por José Julián Martí.
Comprendo que no hay otra forma de celebrar el júbilo de la presencia de Martí por este mundo nuestro, suyo, tan querido y luchado por sus constantes agonías de hombre sin sombras.
Pero así y todo bueno será que en el día de su natalicio nos detengamos un momento, demos reposo a la garganta para la íntima paz de su tarea, porque la grandeza última de Martí estás en no haber dicho más que lo justo, en no haber escrito una palabra de más ni tampoco de menos, en no haber hecho si no lo que debía en el minuto preciso y esto no se puede decir a voces sino con voz de alma, de mi para ti, de él para todos los que soñamos diariamente con la verdad de su grandeza.
En el silencio de su mausoleo José Martí sigue reclamando la luz de su nombre para entregarnos su lampo y su misterio y oírlo palpitar de nuevo a nuestro lado para estrecharlo sobre nuestros pechos y decirle con sinceridad y hasta con lágrimas que norte apunta nuestra brújula.


