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Tengo grabados en mi mente aquellos días de noviembre del pasado año. La noticia de la muerte de Fidel Castro Ruz fue seguida por una consternación indescifrable, después las lágrimas y el ceño fruncido en los homenajes póstumos, su traslado hacia Santiago de Cuba y el ondular de banderas cubanas, de manos diciendo adiós. Era el dolor sincero y profundo de un pueblo despidiendo a su Comandante. 

Un año después de aquellas jornadas sigue entre nosotros. El ejemplo de integridad plena y moral absoluta lo convirtieron en eterno.

Su expresividad y franqueza están enraizadas en el pueblo cubano porque seguimos viendo en él al hombre excepcional, al ser humano que nos enseñó a soñar, a creer en grandes ilusiones, a querer a la Revolución que protagonizó, la más hermosa obra social de la historia.

Fidel ya no está físicamente entre nosotros. Hoy lo recuerdan aquellos que conocieron de su bondad, humildad y humanismo. La tristeza moldeará el rostro de millones de personas: los alfabetizados, los que por primera vez conocieron un médico, aquellos que recobraron la visión, los que se hicieron especialistas en las aulas cubanas, los más necesitados.

Convencido estoy, donde quiera que esté Fidel seguirá mostrando el sendero para un futuro más solidario y justo. Por ese camino transitamos en su honor. Lo hacemos de forma digna y firme. Este pueblo, que siempre será el suyo, seguirá su ejemplo y jamás traicionará su legado.

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Categoría: Fidel, la huella eterna
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