Fidel es una Isla y ella en pleno a un año de su fallecimiento seguía sin aceptar  el golpe seco, demasiado directo e inexplicable de su ausencia. Siempre por  absurdo que parezca creí que Fidel jamás moriría. 

Un día supe que atendiendo la ley de las probabilidades, yo tendría que estar aquí en ocasión de su partida física y fue un duro golpe la noticia de aquella madrugada.

Por eso entendí el dolor de Paulita, mi vecina, que mientras engalanaba el colegio electoral para el que donó su casa hace tantos años, que ya ni recuerda, no paraba de llorar, quise consolarla y decirle que el Comandante vive en este país inmenso, que es parte de una nación hermosa, de un pueblo agradecido que llora pero se agiganta.

Para los cubanos él forma parte de lo que nos emociona y toca la fibra más delicada de nuestro ser, sentimos como se nos atenaza la garganta al escuchar una de aquellas alocuciones en las que aparece viril, inmenso como un héroe mitológico, como un dios de la justicia y del amor que precisa en estos tiempos.

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