Mayabeque, Cuba: En Quivicán, hablar de José Nivaldo Pérez Martínez es convocar a la memoria viva de la Revolución. Su historia no es solo la de un hombre, sino la crónica de un país que se fundó a golpe de milicias, consignas y una fe inquebrantable en el mejoramiento humano.
Historiador por vocación y revolucionario por destino, Nivaldo lleva en sus hombros el orgullo de ser “fundador de todo”: del Movimiento 26 de Julio, de las Milicias, de los Comités de Defensa de la Revolución y del Sistema Nacional de Escuelas del Partido.
Hubo un tiempo en que Nivaldo se ganó el calificativo de “loco”, un título que hoy ostenta con la satisfacción de quien sabe que la cordura, a veces, es enemiga de la creatividad revolucionaria. Especialista en el trabajo de propaganda, recuerda con una chispa en los ojos aquellos días en que el equipo que dirigía inundaba las esquinas de Quivicán con vallas actualizadas a diario.
“Hacíamos cosas tremendas”, relata. Su hazaña más recordada fue la creación de un tanque de guerra de cartón, montado sobre un Jeep, que simulaba lanzar fuego por todas partes. Aquella puesta en escena, más que un adorno, era un motor de entusiasmo, lucha y combate. “A mí no me interesaba que me dijeran loco; ese espíritu era el que mantenía vivo el terreno político”, afirma con la convicción de que la política, cuando es buena, debe apasionar.
Para Nivaldo, la política no es un concepto abstracto, sino un ejercicio cotidiano que se hacía en los círculos de estudio en cada cuadra. Hoy, ante los nuevos tiempos, observa con ojo crítico pero esperanzador el relevo generacional. Su postura es de una humildad profunda: “Mi tiempo pasó; ahora lo que me queda es acompañar a los que tienen que decidir”.
Lejos de imponer cátedra, Nivaldo prefiere el diálogo. Cuando visita a los jóvenes en los bastiones, su mensaje es claro: “Yo no vengo a dar clases, vengo a aprender con ustedes y a acompañarlos”. Es su forma de reivindicar la política buena, esa que a veces el hombre común confunde con el rechazo, pero que para él es la esencia misma de la soberanía.
Con la sabiduría que dan los años, este historiador quivicanero no teme hablar de las sombras. Reconoce que el camino ha tenido errores que han costado caro, porque “la perfección no existe”. Sin embargo, su filosofía es la de la persistencia: los errores no son motivo para el abandono, sino una razón más para seguir luchando sin rendirse.
Nivaldo Pérez Martínez no es un hombre de archivos estáticos. Aunque su firma aparece en el acta de nacimiento de casi todas las organizaciones de la provincia, su actividad no cesa. Sigue siendo ese organizador nato que cree en el trabajo político-ideológico como la columna vertebral de la continuidad.
Al mirarlo hoy, se ve al joven del 26 de julio, al miliciano y al maestro de cuadros. Se ve al hombre que, entre el rigor de la historia y el fuego de aquel tanque de cartón, ayudó a construir la identidad de un pueblo. Su vida es, en definitiva, un eco de la frase que ha guiado sus pasos y que hoy repite con la misma fuerza de la primera vez: “Patria o Muerte, Venceremos”. (rda)
