Mayabeque, Cuba: El sol apenas asoma sobre los techos del Colectivo Laboral San Agustín cuando el quivicanero Alejandro Toledo Hernández ya está de pie, enfundado en su bata de trabajo y con la mirada fija en las naves. Son las 5:30 de la mañana y comienza una jornada que se extenderá hasta bien entrada la tarde. “Las gallinas son animales muy sensibles, requieren atención constante, y no entienden de descansos ni de feriados”, comenta con una mezcla de orgullo y resignación.
Alejandro tiene 36 años y una trayectoria marcada por la disciplina y la pasión. Se graduó como Médico Veterinario en 2017 en la Universidad Agraria de La Habana, en un curso por encuentro que le exigió sacrificios adicionales. Desde el tercer año de la carrera se vinculó directamente al trabajo con los animales, y esa experiencia temprana le dio la seguridad de que su camino estaba en la avicultura. “La avicultura me atrapó porque es un mundo complejo, lleno de retos. Las gallinas son frágiles, pero también son fuente de alimento. Trabajar con ellas es trabajar por la seguridad alimentaria”, asegura.
Su vida social, admite, es escasa. Las largas jornadas lo mantienen alejado de fiestas y reuniones. “A veces siento que mi vida personal se reduce a mi hija y al trabajo. Pero no me arrepiento, porque sé que cada esfuerzo tiene un propósito”, dice mientras observa a las naveras que alimentan las gallinas. Tiene una niña de ocho años, a la que dedica sus ratos libres, y confiesa que el deporte es su vía de escape: lo práctica y lo disfruta como espectador.
En el Colectivo San Agustín, Alejandro es reconocido por sus colegas como un hombre de entrega total. Doce años de experiencia en la avicultura y otras ramas de la veterinaria lo han convertido en referente. Ha recibido cursos de superación y sueña con realizar una maestría especializada en avicultura. “Quiero profundizar en lo que me apasiona. La ciencia avícola es un campo que necesita profesionales preparados, y yo quiero aportar más”, afirma con convicción.
La crónica de su día a día es la de un hombre que se levanta antes que el sol, que mide la temperatura de los galpones, que revisa el alimento y el agua, que observa con ojo clínico cada movimiento de las aves. “Una gallina puede enfermarse por un cambio mínimo en el ambiente. Hay que estar atentos, porque un descuido puede costar mucho”, explica.
“¿Por qué las gallinas? Porque ellas son el centro de una cadena que sostiene a la sociedad. Sin huevos, sin carne, muchas familias perderían una fuente vital de nutrición. Yo siento que mi trabajo es invisible, pero imprescindible”, comenta. Su voz se endurece cuando habla de los desafíos: enfermedades, cambios climáticos, falta de recursos. “La avicultura es una batalla diaria contra lo inesperado. Pero también es una escuela de paciencia y constancia”.
El quehacer diario de Alejandro es también una crónica de sacrificio. Un hombre que, con apenas 36 años, ha entregado más de una década a un oficio que exige cuerpo y alma. Un padre que, pese a las ausencias, busca ser ejemplo para su hija. Un profesional que sueña con seguir estudiando y que no se conforma con lo aprendido.
“Las gallinas me enseñaron que la vida es frágil, que hay que cuidarla con esmero. Y me enseñaron también que el trabajo silencioso puede ser el más importante”, concluye mientras se despide, listo para continuar su jornada.
La historia de Alejandro Toledo Hernández es la de un veterinario que eligió la avicultura no por comodidad, sino por convicción. Es la de un hombre que, entre gallinas y sueños, construye día a día un futuro mejor para su familia y para la comunidad que depende de su labor. (Periódico Mayabeque) (rda)
