Mayabeque, Cuba: Las etiquetas suelen ser muros, pero para Kevin Daniel González Martínez, el Trastorno del Espectro Autista (TEA) no fue una barrera, sino un punto de partida. Hace poco más de una década, Kevin era un niño que apenas pronunciaba palabras y vivía en un mundo de silencios profundos.
La historia de Kevin comenzó a transformarse en 2013. En las aulas anexas de la escuela especial Celia Sánchez, en San José de las Lajas. Según recuerda su maestra, Nancy Hernández Molina, “…él formó parte de aquel primer grupo de niños que llegaron al centro con las características del autismo muy marcadas. Casi no hablaba, tuvimos que trabajar de forma directa con los especialistas para ir compensando sus necesidades”.
Detrás de aquel aparente aislamiento, había un proceso interno asombroso. Su madre, Rosa Martínez Jiménez, recuerda que una psiquiatra le dio la clave de la esperanza cuando Kevin era apenas un bebé: “No te preocupes, cuando él logre soltar todo lo que tiene procesado en su cerebro, vas a ver”. Y así fue. Kevin no solo aprendió a leer, escribir y calcular, sino que desarrolló una memoria prodigiosa y una disciplina envidiable.
A sus 17 años, Kevin Daniel ha cerrado un círculo perfecto. Tras egresar de noveno grado en la misma institución donde creció, la escuela consciente de sus capacidades le ofreció el puesto de recepcionista. Para alguien con Trastorno del Espectro Autista, donde el orden y el cumplimiento de las normas son pilares fundamentales, este trabajo ha resultado el escenario ideal para su desarrollo.
“Me siento feliz porque soy útil”, confiesa Kevin con una seguridad que conmueve. Su función no es pasiva: él vigila que la reja esté cerrada y controla que nadie ajeno entre al recinto. “Esto ayuda para que la gente de la calle no entre… por eso mantengo la puerta así”, explica con la firmeza de quien conoce el valor de su responsabilidad.
La vida de Kevin es una combinación de hábitos saludables. Su madre destaca su asombroso y nivel de organización: “Si una prenda no queda perfectamente doblada, él la vuelve a acomodar hasta que esté exacta”. Esa misma estructura la lleva a su vida diaria: de lunes a viernes, a las cuatro de la tarde, acude puntualmente al gimnasio con su hermano para ejercitarse.
Disfruta de la música, las películas y la tecnología, demostrando ser un joven con intereses diversos y una identidad muy bien definida.
Para Anny Márquez Medina, subdirectora de la institución, contar con un egresado con Trastorno del Espectro Autista, dentro de la plantilla laboral es el mayor logro pedagógico. “Su labor es reconocida por todos los que llegan. Su preparación y su desempeño diario responden a la pregunta de cuánto podemos lograr en la atención a estos educandos”, afirma con orgullo.
Rosa, su madre, observa con emoción la independencia que su hijo ha conquistado. Kevin ya no es aquel niño que evitaba el contacto visual; hoy es un joven trabajador que conversa, que se siente responsable de su entorno y que mira de frente al futuro. Su historia en Mayabeque es un recordatorio de que, cuando una sociedad abre sus puertas y sus corazones, el autismo se convierte en una fortaleza y la inclusión en una realidad palpable. (rda)
