Celebramos la hiperconexión, el amor y la amistad, en tan significativa fecha.
En este 14 de febrero, pensemos cómo muchas personas hoy día asisten, impávidas, a la erosión paulatina de lo tangible. He aquí la paradoja de disponer de nuevas herramientas para comunicarnos y, sin embargo, cada día crece más la ausencia de relaciones interpersonales reales con lo que ocurre a nuestro lado.
Imaginemos hoy, en cualquier lugar, una pareja compartiendo mesa en un restaurante (o en la mesa familiar), pero no la mirada. Él desplaza fotos sin verlas; ella responde historias sin vivirlas. El móvil, ese intruso seductor, se ha convertido en el tercer participante de la celebración, aquel que acapara la conversación mientras los cuerpos están presentes pero las conciencias vagan por escenarios virtuales.
O figuremos la escena de dos amigos que buscan compartir y no logran captar la atención del otro, absortos en las notificaciones. Aprenden muy pronto que para competir con una pantalla hay que gritar fuerte… o estar dentro de ella, a través del perfil en Facebook o en Reels, que es donde hoy seduce más eficazmente el amigo, sin menospreciar a quienes no lo asuman así.
Pensemos en el ritual de acostarse dos personas en la misma cama. Cada una navegando en su universo paralelo, el contacto físico postergado hasta que la batería, o el deseo, se agota.
La tecnología, diseñada para acercarnos, termina a menudo interponiéndose como un cristal blindado entre las emociones más cercanas.
Esta efeméride tan hermosa puede ser una ocasión oportuna para reconstruir las alianzas reales, aunque busquemos intervalos para la virtualidad.
El verdadero desafío del amor y la amistad en esta era no es encontrar a alguien, sino recordar mirarlo a los ojos sin que una pantalla se interponga y les distancie. (rda)
