¿Una mecánica de máquinas de coser?

Es verdad que soy una buscadora de historias pero tengo que admitirlo: a veces son ellas las que me encuentran para que yo las comparta, las libere o más bien, las siembre.

Y fíjense si es así que estando en el portal de mi casa llegó ella preguntando por Doris, una vecina, para arreglarle la máquina de coser. Enseguida se tensaron mis antenitas de periodista. -¿Eres mecánica? Y así comenzó nuestro diálogo que continuó en la casa de Doris y frente a su máquina de coser.

Se llama Magalys Pérez Orta y dice que su historia de amor con esos artefactos comenzó cuando ella contaba apenas nueve años de edad y veía a su mamá hacer remiendos y otros trabajos sencillos en su máquina de coser.

Haciendo esa labor y también lavando y planchando para la calle, ella les compraba a Magalys y sus tres hermanos los juguetes. Magalys siempre quería una muñeca y no para cantarle canciones de cuna, sino para hacerle, con sus propias manos,  blusas, faldas y vestidos.

Cuenta que a los 16, viviendo ya con su suegra Isabel que era muy buena costurera, solía sentarse a su lado y observar con detenimiento la manera en que cosía y manipulaba el hilo, el portacarrete, el prensatelas… Tal vez, adivino, la seducía la danza del pedal y todo aquel engranaje, casi mágico, que transformaba el tejido en una idea, una moda, un sueño.

Fue Isabel quien la retó a sacar los patrones de una pieza y luego confeccionar la primera prenda de su vida.

Así nació Magalys, la costurera, pero la mecánica aparecería poco tiempo después.

Mientras me regalaba su relato, le dijo a Doris que lo de su máquina no era cuestión de la tela o el hilo, era otra cosa y que ella lo solucionaría. “Cuando el hilo se enreda arriba, el problema es abajo”, le aseguró. Y mirándome a través de sus espejuelos sentenció: ” Yo estudio las máquinas de coser. Les busco la vuelta. No hay una que no haya conseguido arreglar.”

Dispuesta a cumplir su promesa, siguió en lo suyo sin dejar de contestar mis preguntas.

Magalys da por sentado que ella tiene algo en la cabeza que la ayuda a captar, a la velocidad de la luz, aquello que le gusta. A esa cualidad y al hecho de haber visto en acción a David, para ella uno de los mejores mecánicos de San José de las Lajas, le atribuye el conocimiento básico que la llevó a iniciarse en el oficio. Más que un trabajo, es algo gratificante para esta mujer. Lo noté mientras revisaba y ajustaba las piezas, mientras acariciaba la rueda de mano, mientras le entregaba su paciencia, su tiempo, su ternura.

Confesó que aunque ha trabajado como cocinera, tapizando muebles y confeccionando carteras, lo de la mecánica ha sido permanente y le ayudó a criar a sus tres hijos.

Con los años ha perfeccionado su labor y hoy domina al detalle la geografía de estos aparatos. “Yo desarmo una máquina de coser, pongo todas las piezas juntas y luego las coloco exactamente donde van.”

De eso se enorgullece y también de que ninguna máquina se le haya resistido, repite. Ni la que ha estado en silencio y abandonada por meses o años, ni aquella que está “en terapia intensiva” porque nadie da pie con bola con lo que tiene, ni las eléctricas modernas, esas que según dice, están hechas para cosas sencillas.

Magalys cumplió en enero 60 años, pero parece más joven. Tiene seis nietos y al de 16 le está enseñando todo lo que sabe del oficio. No lleva uñas largas porque estorban en la faena. Anda a pie, con sus sencillas herramientas en una mochila. Carga pomos de plástico repletos de lo que para ella son piezas importantes. En su casa tiene más. También atesora máquinas viejas o malqueridas que ha logrado comprar para darle vida a otras máquinas que garantizan el pan nuestro de cada día a no pocas madres y muchas abuelas.

“Las mujeres somos capaces de hacer cualquier cosa”, afirmó cuando le repetí con admiración que ella es la primera mecánica de máquinas de coser que he conocido. “Y la única de San José de las Lajas”, sonrió.

Magalys prefiere dar antes que pedir. Cuidar, hacer un favor, servir a sus clientes y dejarlos satisfechos, son otras convicciones que la distinguen. Allá, en el fondo de sus ojos oscuros, descubro el brillo de la tristeza, propio de quien ha recorrido un duro camino. No obstante, en su risa y sus uñas sin pintar, se impone la Magalys que  ha sido fiel a su soberanía femenina y a su libertad como ser humano. Estoy segura que la encontraré por ahí, un día cualquiera, con su mochila y sus piezas importantes, salvando máquinas de coser y abriendo caminos a la esperanza. (rda)

Marlene Caboverde Caballero