Afuera, el mundo marcha a su propio ritmo: alegrías y penas, amor y guerras, ilusiones o desesperanzas. Todo depende de quién lo viva. No tengo una bola mágica ni una memoria infinita para atrapar cada instante que atraviesa a los seres humanos, pero sí tengo la experiencia de lo que, desde hace algunos meses, se vive en el gimnasio deportivo de Judo Aldo García González, en Jaruco.
Y sí, ha sido titular en más de una ocasión. Sin embargo, no deja de alegrar ni de sorprender.
Ver a estos muchachos salir de sus tareas escolares y entrar al tatami, dispuestos a enfrentarse a otros valientes, con la humildad de quien quiere aprender bien, es una imagen que habla por sí sola. Los entrenadores enseñan, corrigen, supervisan y acompañan. Los pequeños, fuera del colchón, animan a sus compañeros con una entrega sincera.
Me llena de satisfacción constatar que aquí no hay perdedores. Hay aprendizaje, apoyo mutuo y una lección silenciosa para nosotros, los adultos: cuánto nos falta por aprender… o cuánto hemos desaprendido.
En los banquillos, los padres completan la escena. Es imposible no percibir el torrente de emociones que los invade. Algunos corrigen desde el conocimiento del deporte; otras madres guardan silencio, mientras en sus miradas conviven el orgullo y el temor en oleadas constantes. Y allí están los niños, firmes sobre el tatami, sin amilanarse, resistiendo el combate, preparándose para la vida a través de un deporte que exige disciplina, respeto y carácter.
Sin duda, la llegada del nuevo tatami de judo a nuestra Ciudad Condal marca un antes y un después en las tardes de los jaruqueños. Por ello, el agradecimiento a sus donantes es sincero, y la convicción es clara: aquí se honra, de manera permanente, el legado de Aldo García González. (Radio Jaruco) (rda)





