Mayabeque, Cuba. Recuerdo a mi maestra de primaria cuando contaba aquella anécdota de dos héroes: Camilo Cienfuegos y Ernesto Guevara. Cada año la repetía como si quisiera que quedara para siempre en la memoria de aquel pequeño grupo de alumnos que la admirábamos por su manera de narrar tan peculiar.
Se sentaba en el borde del escritorio, se ajustaba los espejuelos y, con una voz que parecía venir de otro tiempo, nos decía: “Muchachos, esto no lo leí en un libro. Me lo contaron de boca en boca, como se cuentan las cosas que de verdad importan”.
La historia era sencilla, casi mínima. Corría diciembre de 1956, apenas unos días después del desembarco del Granma. La tropa rebelde había sido sorprendida en Alegría de Pío y andaba dispersa por los cañaverales de Oriente.
Uno de los expedicionarios, un argentino flaco y asmático al que todos llamaban Che, había perdido su mochila en la huida. Solo salvó una frazada. Al caer la noche, cuando cada guerrillero se aprestaba a comer su escasa ración, el Che no tenía nada. Entonces un habanero alto, de sonrisa ancha y fama de goloso, se le acercó y compartió con él la única lata de leche condensada que le quedaba. Desde aquel momento, escribiría después el Che: «Yo creo que nació o se profundizó nuestra amistad.
Aquella lata de leche fue el primer eslabón de una hermandad que la Sierra Maestra sellaría con pólvora y con bromas. Porque Camilo Cienfuegos y Ernesto Guevara no solo compartieron la guerrilla y la gloria: compartieron también la risa. Se cuenta que, en una ocasión, durante la invasión hacia el centro de la Isla, Camilo cruzó el río Salado detrás de la columna del Che y, al encontrarlo dormitando en su hamaca, azuzó su caballo hasta derribarlo.
El Che, enredado aún en la frazada, en vez de enfadarse, reía como un niño. Eran las camiladas, travesuras de un hombre de mil anécdotas que las creaba a su paso con naturalidad.
La más famosa de todas ocurrió en los días finales de 1958, cuando Camilo sitiaba el cuartel de Yaguajay y el Che hacía lo propio en Santa Clara. El Che fue a visitarlo, preocupado porque la resistencia no cedía. Viendo la demora, con su fino humor argentino, le ofreció su boina: “Mira, quítate el sombrero y ponte mi boina y verás que cuando sepan que aquí estuvo el Che se rendirán enseguida”.
Camilo, rápido como siempre, le respondió: “Y tú, llévate mi sombrero, que cuando en Santa Clara vean que allá está Camilo, de inmediato harán lo mismo”.
Los dos sabían que se necesitaban, que eran las dos mitades de una misma voluntad.
Mi maestra contaba que el Che fue el primero en lanzar una flor al mar por Camilo.
Fue en octubre de 1960, cuando el avión que llevaba al Señor de la Vanguardia desapareció sin dejar rastro. Desde entonces, cada 28 de octubre, los cubanos de todas las edades lanzan una flor a las costas, los ríos y los arroyos. Fue precisamente el Che quien tuvo la idea, y Fidel encabezó el primer tributo masivo desde el malecón habanero en 1960.
Cada octubre, la Jornada Ideológica Camilo-Che, que se celebra del 8 al 28, reactiva ese legado en murales, dramatizaciones, matutinos especiales, concursos, caminatas, debates y actos comunitarios. El 8 y 9 de octubre se honra al Che, capturado y asesinado en Bolivia en 1967; el 28, a Camilo, desaparecido en el mar en 1959. En medio, más de veinte días de memoria, de flores, de canciones, de niños que reciben pañoletas y aprenden que hubo dos hombres que se quisieron como hermanos.
Ahora que han pasado tantos años, entiendo por qué mi maestra repetía la anécdota cada curso. No era solo por el heroísmo ni por la poesía del gesto. Era porque en aquella lata de leche condensada compartida en medio de la derrota había algo que trasciende las fechas y las consignas: la certeza de que la amistad verdadera se prueba en la escasez, no en la abundancia. Y que los héroes, antes que héroes, fueron hombres capaces de reír, de compartir y de jugarse la vida el uno por el otro. (IVP)
