Más que un girasol y un sol

Tuve el privilegio de asistir a una singular ceremonia nupcial, este 14 de octubre.

¿Singular? Creo que aquello se parecía más al sombrero de un mago que a una boda, porque cada un minuto sucedían cosas que a la mayoría de los presentes no nos pasaba por la cabeza.

¿A quién se le ocurre usar unos tenis Converse el día de su casamiento y para ambientar el lugar, crear una escenografía con discos de acetato y  casetes de tiempos inmemoriales? ¡A Lisandra Ramírez!

Idea suya fue también el camino hasta el altar, trazado sobre la tierra con bordes de arena y donde hacían fila girasoles de verdad. El altar, un esqueleto de metal con lunares de óxido y unas tejas como pared de fondo. Sobre el cuadrado de cemento donde se realizó la ceremonia, con notaria y todo, (que conste que no fue un simulacro), unos muebles sencillísimos de madera en los que se colocaron el libro correspondiente para avalar el matrimonio, las velas, el cake, la botella de sidra y dos copas.

Los girasoles quisieron robarse la atención y la fiesta.  Algunas de esas flores, las favoritas de Lisandra, estaban diseminadas en cada objeto del escenario. En otras manos y otras novias el bouquet hubiese sido de azahares, orquídeas, lirios o claveles. Pero con Lisandra, tenía que ser de girasoles, sí o sí.

Girasoles se usaron para crear un corazón que formaba parte de la decoración y más girasoles llegaron, luego de cruzar el océano, esculpidos en el anillo de bodas de Lisandra, en su collar y sus aretes.

El sol de María se abrió paso igualmente en la celebración, tal vez porque para ella es un elemento que simboliza fuerza, misterio, vida.

Por eso pidió que  grabaran solecitos en su sortija y lució imágenes similares en sus pendientes y la gargantilla.

Estilo retro, nostalgia, Cuba, España, distancia, encuentro y diversidad, se combinaron para dar a luz una boda única en su especie. Y en ningún momento se rompió la magia, porque todo lo que cuento ocurrió en la casa de un poeta y una periodista, compinches perfectos de un sui géneris acto de amor y de valor.

Ellos prestaron su jardín y su mata de mangos y sus espejos y sus ideas y sus versos para tejer la alfombra donde volamos, reímos y lloramos en aquella tarde verdaderamente hermosa.

Lisandra y María se casaron con los labios pintados y el cabello rojo. Lucían lindas con sus vestidos, blancos como la ilusión que las había llevado a decir que sí y a pronunciar sus votos matrimoniales, tan diferentes, tan limpios, tan libros.

Es posible que este hecho represente otro desafío a las reglas humanas más rígidas y antiguas en relación con el matrimonio y por otro lado, esté alineado con el nuevo código de las familias, aprobado en esta isla que ha ido actualizando algunas cosas.

Porque conozco a Lisandra, la quiero y la respeto, su boda me pareció lo más natural de este mundo, como natural es todo aquello que tiene que ver con el amor.

A los más tradicionalistas, la foto que resume esta historia, les parecerá un escándalo.  Quienes defienden determinadas religiones, concluirán que la imagen captada con mi celular es la viva estampa de un sacrilegio.

Yo solo les presento una unión que no suplicó el consentimiento colectivo y más bien tuvo compañía, abrazo, cariño.

Lisandra y María se casaron. Todavía no se lo creen. El anillo de Lisandra hay que achicarlo. Le quedó un tin grande. Pero la boda les quedó perfecta. Y su futuro, tendrá que ser mejor. (Diario Mayabeque) (RDA)

Marlene Caboverde Caballero