El legado de enseñar. Foto: Radio Jaruco

Hay vidas que se escriben con la tiza del desinterés y la constancia. Vidas que no buscan el aplauso, pero que inevitablemente terminan iluminando a toda una comunidad.

En Jaruco, una loma de historias y paisajes, se respira hoy un profundo sentimiento de gratitud. El motivo tiene nombre y apellidos: Doctor en Ciencias Ramón Alipio Fundora Simón, un maestro de maestros que recientemente fue honrado con el Premio Nacional de Pedagogía 2025.

Desde las aulas de la Facultad de Ciencias Pedagógicas de la Universidad Agraria de La Habana “Fructuoso Rodríguez Pérez”, el profesor Ramón Alipio no solo ha impartido conferencias; ha moldeado almas. Su consagración y esa dedicación casi paternal hacia sus estudiantes han dejado una huella imborrable en la familia jaruqueña, una huella que se traduce en profesionales que hoy prestigian a la educación cubana.

Para hablar de su impacto, es imprescindible mirar los rostros de Alenay Felipe y Marlies Larrazaleta. Dos jóvenes que ayer fueron sus alumnos y hoy son el testimonio vivo de su magisterio. Gracias al desvelo de Fundora, a su guía certera y a ese empuje que no entiende de cansancios, ellas lograron vencer metas que parecían lejanas.

El caso de Marlies Larrazaleta es, quizás, el vivo reflejo de cómo la pasión se hereda. Alipio le contagió ese amor infinito por la Historia, esa vocación de entender el pasado para transformar el presente. Fue esa chispa la que llevó a Marlies a unirse, sin dudarlo, a las filas de los educadores cubanos.

Pero el camino no se detuvo ahí. Inspirada por el rigor de su mentor, Marlies continuó escalando la montaña del conocimiento. Hoy, la satisfacción es doble: hace apenas dos años, alcanzó el grado de Doctora en Ciencias de la Educación. Un logro que lleva el sello de su esfuerzo, pero también el acompañamiento perenne de ese Premio Nacional de Pedagogía que nunca soltó su mano en el trayecto académico.

La pedagogía en Cuba se sostiene gracias a gigantes silenciosos como Ramón Alipio Fundora Simón. Jaruco lo sabe, su universidad lo celebra, y familias enteras agradecen el milagro de la educación. Porque un verdadero maestro no es el que transmite conocimientos, sino el que, como Fundora, enseña a volar con alas propias. (IVP)

Silvia González

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