Mayabeque, Cuba: Enseñar a un hijo neurotípico que una persona autista no está encerrada en su propio mundo, es, sin duda, un acto admirable de educación y conciencia.
Esa frase, repetida tantas veces como un lugar común, encierra en realidad un prejuicio que durante décadas ha invisibilizado y malinterpretado a las personas dentro del espectro autista. Romper con ese estereotipo desde la infancia es sembrar respeto, empatía e inclusión.
El autismo implica formas diferentes de comunicarse, expresarse, relacionarse y procesar lo que ocurre alrededor. Algunas personas hablan, otras utilizan gestos, pictogramas, dispositivos de comunicación o distintas maneras de hacerse entender. La diferencia no significa ausencia de emociones, pensamientos o conexión: significa que el canal de comunicación no siempre es el que estamos acostumbrados a escuchar.
Por eso resulta fundamental hablar de esto en la escuela, en la casa y en los medios. Los niños que crecen comprendiendo la neurodiversidad se convierten en adultos más respetuosos, más empáticos y más inclusivos. Y esa enseñanza no solo beneficia a las personas autistas: transforma a toda la sociedad, porque nos enseña que no existe una única forma correcta de ser, sentir o expresarse.
No necesitamos que todos se comuniquen igual para aprender a comprendernos. Necesitamos, más bien, escuchar con atención, mirar sin prejuicios y aceptar que la diversidad humana es, en sí misma, una riqueza.
Enseñar eso desde la infancia es, quizás, una de las lecciones más valiosas que podemos dejar a las nuevas generaciones. (IVP)
