EL CIELO TAMBIÉN ADVIERTE. Foto: Facebook Radio Jaruco.

Mayabeque, Cuba: Comienza a nublarse y claro que los espero. Fuertes, rápidos, atronadores. Nada como un techo de zinc para cogerle miedo a la tormenta: cada gota suena a piedra, cada trueno sacude la casa.

Mientras parece que el mundo se me cae encima y el pecho me retumba, miro por la ventana del portal y los veo pasar. Dos muchachos, caminando bajo la lluvia, riéndose, ajenos a todo. No llevan paraguas. No miran al cielo.

Al mismo tiempo, consulto las redes y veo esta noticia: una descarga eléctrica atmosférica, al norte de Las Tunas, cobró la vida de un adolescente y lesionó a dos niñas, según confirmó el diario 26 de la provincia. Un rayo. Un solo instante. Y tres familias rotas.

¿Y qué tiene que ver Las Tunas con Jaruco? Tal vez nada. Pero los truenos que hemos escuchado estas últimas tardes aquí, en la Ciudad Condal, no son menos violentos. La naturaleza no distingue de provincias cuando descarga su furia. Y la imprudencia tampoco.

Porque los datos son fríos, pero necesarios: según estadísticas oficiales que publica el mismo periódico, los rayos son la primera causa de muerte por fenómenos naturales en Cuba. Solo entre 1987 y 2023, se registraron al menos 1 892 muertes por tormentas eléctricas, un promedio de 51 fallecimientos por año.

2025 dejó cifras que duelen: dos adolescentes de 13 y 16 años en Bauta, Artemisa, murieron mientras jugaban fútbol al aire libre durante una tormenta. En Manicaragua, Villa Clara, tres muchachos de 13 y 14 años perdieron la vida en una zona elevada, buscando señal de Internet con sus teléfonos. En Colón, Matanzas, una mujer de 42 años falleció haciendo labores agrícolas. Y en Moa, Holguín, tres personas murieron y cuatro resultaron heridas tras el impacto en el poblado rural de Cupey.

No son anécdotas. Son avisos.

Por eso, ante la ocurrencia de lluvias y tormentas eléctricas, los expertos recomiendan alejarse de terrenos abiertos y despejados, como praderas o cultivos; en esos espacios, advierten, sobresalimos del terreno y nos convertimos en pararrayos. Sugieren también aislarse del suelo y del contacto con charcos o zonas mojadas, y salir inmediatamente de ríos, piscinas, lagos o el mar.

Y hay una señal que muchos ignoran: si notas cosquilleo en el cuerpo, se te eriza el cabello, o ves brillar y echar chispas a un objeto de metal, échate al suelo. La descarga es inminente. No es superstición: es física.

Es totalmente falsa la creencia popular de que un rayo no cae dos veces sobre un mismo lugar. Los rayos no leen refranes. No negocian y no perdonan.

Esos dos muchachos que vi reírse bajo la lluvia, ajenos al cielo que rugía, quizás llegaron a casa mojados, pero sanos. Otros no tuvieron esa suerte. La tormenta no avisa. No pide permiso. Solo cae. Y nosotros, los que miramos por la ventana, tenemos la obligación de advertir: el trueno no es un juego. Bajo el zinc o bajo el cielo abierto, la vida se apaga en un destello. No esperes a que el rayo te toque para creer. (YSCM)

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