El olor de la guayaba

Libertad Lamarque en Bejucal.
Libertad Lamarque en Bejucal. Foto: Tomada del libro Juan J. Barona: crónica de su propio viaje.

Todo el enigma del trópico latinoamericano se puede reducir a la fragancia de una guayaba podrida…

Gabriel García Márquez.

Nadie quedó en casa aquel día de 1946 en que Libertad Lamarque “desembarcó” en Bejucal en un convertible despampanante, de la mano de su amiga, la cantante Zoraida Marrero, a cuya casa fue a parar.

La historia se ha ido desdibujando desde entonces y son pocos los sobrevivientes del acontecimiento, pero el rico imaginario de uno de los pueblos más singulares de Cuba persiste en trasladar los ecos del momento, a pesar de los años.

Juan Barona, hombre imprescindible de la cultura bejucaleña, en una de sus deliciosas crónicas costumbristas, rescatadas del anonimato por la historiadora Aisnara Perera, describe que la gente, agolpada frente a la casa de Zoraida, en la calle 8 entre 19 y 20, donde aún vive la familia Marrero, no cejaba ante el asombro de la contemplación.

Al escuchar los gritos y aclamaciones la Novia de América, encaramada en una pequeña banqueta detrás de la ventana principal, asomó su mirada clara, para saludar a la concurrencia, atónita de ver por esos lares a la famosa vedette rosarina.

Los Marrero no escatimaron atenciones con la distinguida huésped y organizaron una cena campestre en la finca “María Ester”, cerca de un lugar conocido como El Caguazo. Encargaron el menú al mejor cocinero de Bejucal, Panchito Morales.

La carta estaba basada en recetas cubanas: puerco relleno, congrí, yuca, tostones de plátano verde y maduro, ensalada de estación y de postre… cascos de guayaba, único elemento de la cena que no fue elaborado, pues alguien decidió, a última hora, abrir varias latas de la conocida marca de frutas en conserva Libby’s.

El hábil chef, consciente de la prueba que se le encimaba (complacer el exquisito paladar de una mujer que había recorrido medio mundo) puso manos a la obra hasta conformar la oferta gastronómica digna de una reina.

Al terminar el almuerzo todos esperaban que la invitada valorara la comida, aderezada a la cubana, con sazones típicos, pero Lamarque no decía nada. Hasta que al fin alguien decidió hacerle a la cantante la pregunta: ¿qué le ha parecido?

Zoraidita Alfonso, sobrina de la Marrero, recuerda que ese fue un momento frustrante en la vida de Panchito, el famoso cocinero bejucaleño, que puso tanto ahínco en complacer a la protagonista de Madreselva. Ella supo la anécdota directamente de su padre, uno de los testigos del hecho.

Cuentan que Libertad Lamarque hizo un escueto elogio del menú y tras una pausa exclamó: “lo que más me ha gustado ha sido el postre, realmente delicioso…qué es…”

“Son cascos de guayaba”, atinó a decirle alguien a la actriz argentina…”cascos de guayaba”…repitió, oteando aún el olor irresistible de aquel dulce… en conserva, el único de los manjares servidos que no había sido confeccionado especialmente para ella.

Nadie sabe a ciencia cierta si a Panchito lo recogieron desmayado en el lugar, pero su rostro se transformó en un rictus de tristeza y decepción al oír aquella afirmación de los labios perfectamente delineados de la Reina del Tango.

En la mesa los restos del puerco relleno y las otras exquisiteces criollas semejaban un campo después de la batalla.

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Carlos Luis Molina Labrador

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