Maestra de mi hija, médico de mi madre

Maestra de Jaruco Edelmira González Brito y su hija Miriam. Foto: Cortesía del autor.

Dudo que exista alegría tan blanca en el Día del Educador, como la que regocija a la maestra de Jaruco, Edelmira González Brito.

Y es que fue precisamente, un 22 de diciembre hace 51 años atrás, cuando recibió, asegura, el mejor regalo de su vida: Miriam.

Tienen un vínculo especial madre e hija, algo superior a los propios lazos de sangre y que guarda relación con el hecho de que Edelmira fue la maestra de Miriam de primero a cuarto grado: le enseñó a leer y escribir, a descubrir el mundo, a entender las cosas, a ser porfiada, a luchar por sus sueños.

Y es que a Edelmira nada le cayó del cielo, ni el título de la Escuela Técnica Industrial para Mujeres, Fundación Rosalía Abreu y mucho menos, el de maestra.

La maestra Edelmira

Cuenta la mujer de 83 años de edad, que apenas terminó la Campaña de Alfabetización, un anuncio a abrazar el magisterio se desparramó en las calles, las montañas y los pueblos hasta brotar un día de las bocinas del taller textil donde recién comenzaba a trabajar. Surgía el movimiento de los maestros populares.

Quizás, porque le ofrecían la oportunidad de complacer a su padre o porque estaba hecha para la instrucción, que es esencia lo mismo que servir, decidió marchar al aula, ¡y qué aula!

Dice, que aquella primera escuela, Soledad Portilla se llamaba, estaba monte adentro en un punto de lo que hoy se conoce como Concejo Popular Tumba Cuatro, y que la suya fue de las primeras tres mil aulas rurales construidas en la isla en 1959.

Distaba a decenas de kilómetros de su hogar en San Antonio de Río Blanco, y para llegar bien y a tiempo, compró una volanta y un caballo.

Asumir los programas multigrados y sus discípulos, tan diversos en edades y espíritus, fue su prueba de fuego en una época delirante de la educación cubana.

Trabajando diez meses y estudiando dos, se hizo maestra aquella mujer que, para aquel momento, ya tenía a su primer hijo.

Miriam

Miriam llegó después, resucitando colores y alegrías, como suelen hacerlo las hadas. Y entre tantas fechas en el calendario, escogió el 22 de diciembre, el mismo día que su madre celebraba la buena ventura de haberse convertido en maestra. Era el año de 1969.

Fue su alumna, recuerda, y debía decirle como sus compañeros, respetarla de la misma manera, apegarse a sus normas y cumplir sus dictados.

Pero con una madre-maestra humildísima y que encima, le ponía la vara cada vez más alta, su brillante inteligencia poco le sirvió para obtener privilegios o premios adicionales.

Entendió los desafíos de Edelmira, cuando comenzó la secundaria básica en la Vocacional Lenin de La Habana y vio tanto talento reunido allí.

Su sueño era terminar el bachiller, estudiar inglés y hacerse traductora.

“Deberías optar por algo que te permita entregarte a los demás,” le sugirió un psicólogo, como si desentrañara la nobleza dormida en su alma adolescente.

La oportunidad de cumplir con aquella suerte de mandamiento se la regaló el Destacamento de Ciencias Médicas, un proyecto que tocó a su puerta en el segundo año del preuniversitario.

En aquel cruce de caminos brilló la decisión definitiva: sería médico.

La Facultad de Medicina de La Habana le abrió las puertas y los brazos en los años más duros del período especial, un tiempo de ventisca que le permitió convertir las migajas en panes y peces junto a los mejores camaradas del mundo.

Mientras tanto, su padre dejaba los huesos en incontables trabajos de albañilería y su madre, que había terminado la Licenciatura en Educación, aunque con los primeros achaques en su salud, seguía en el aula.

Y por fin llegó vestido de largo el año 1993 para dibujar su graduación, el título, una carrera que jamás termina y el momento de retribuirle al libro de la Medicina cubana las muchas enseñanzas estampadas en su cielo.

El círculo

Edelmira ha sido desde entonces, su paciente más devota y constante. Hace algún tiempo se fracturó un tobillo y le cuesta trabajo andar. Dice la anciana que sufre, porque es dependiente de los demás, sobre todo de su hija, la Especialista de Medicina Interna, Miriam Brito.

“Le digo, que no me cuesta ningún trabajo”, insiste ella, quien además es la cuidadora de la gente de su pueblo. Lo disfruta, y no tiene que convencer a nadie de ello.

Las observo. Poseen manos idénticas: la misma línea de seducción, igual ternura y fuerza.

Es allí, en el hogar que Edelmira y Miriam comparten de toda la vida, donde descubro por qué la doctora es tan linda por dentro y por afuera, por qué lleva como soldada a la piel la bata blanca y a qué se debe que los viejitos de Jaruco, hagan fila solo para darle un beso, tocar sus brazos y saludarla.

Podrían ser infinitas las razones, pero prevalece la más importante, su mamá, lo aprendido de ella y que hoy le permite ayudarla, aliviar sus dolores, espantar sus miedos.

Al parecer, esas fórmulas misteriosas que definen la vida se combinaron en el momento exacto para que Edelmira y Miriam se encontraran, se tuvieran, se complementaran y se amaran para siempre. (LHS)

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Marlene Caboverde

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